Cantopolítico: Fragmento de la "Doctrina del Shock"

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, ni participa. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

sábado, diciembre 11, 2010

Fragmento de la "Doctrina del Shock"



El núcleo de buena parte de la doctrina de Chicago era que las fuerzas económicas de la oferta,
demanda, inflación y desempleo eran como las fuerzas de la naturaleza, fijas e inmutables. En el auténtico libre mercado imaginado en las clases y en los textos de Chicago, estas fuerzas coexistían en perfecto equilibrio, la oferta reaccionando con la demanda de la misma forma que
la luna empuja las mareas. Si las economías sufrían de una alta tasa de inflación era invariablemente porque, según la estricta teoría del monetarismo de Friedman, políticos mal
aconsejados habían permitido que entrase demasiado dinero en el sistema en lugar de dejar que el mercado alcanzase el equilibrio por sí solo. Del mismo modo que se autorregulan los ecosistemas, manteniéndose en equilibrio, el mercado, si se le dejaba a su libre albedrío, crearía el número preciso de productos a los precios exactamente adecuados, producidos por trabajadores con sueldos exactamente adecuados para comprar esos productos: un edén de pleno empleo, creatividad sin límites e inflación cero.

Como todas las fes fundamentalistas, la economía de la Escuela de Chicago es, para los verdaderos creyentes, un sistema cerrado. La premisa inicial es que el libre mercado es un sistema científico perfecto, un sistema en el que los individuos, siguiendo sus propios intereses, crean el máximo beneficio para todos. Se sigue ineluctablemente que si algo no funciona en una economía de libre mercado —alta inflación o desempleo— tiene que ser porque el mercado no es auténticamente libre. Tiene que haber alguna intromisión, alguna distorsión del sistema. La
solución de Chicago es siempre la misma: aplicar de forma más estricta y completa los fundamentos del libre mercado.

Aunque embozada en el lenguaje de las matemáticas y la ciencia, la visión de Friedman coincidía al detalle con los intereses de las grandes multinacionales, que por naturaleza ansiaban nuevos grandes mercados sin trabas. En la primera etapa de la expansión capitalista el colonialismo aportó ese tipo de crecimiento feroz «descubriendo» nuevos territorios y apoderándose de tierras sin pagar por ellas para luego extraer sus riquezas sin compensar a la población local. La guerra que Friedman había declarado contra el «Estado del bienestar» y el «gran gobierno» prometía un nuevo frente de rápido enriquecimiento, sólo que esta vez en lugar de conquistar nuevos territorios la nueva frontera sería el propio Estado, con sus servicios públicos y otros activos subastados por mucho menos dinero del que realmente valían.

La naturaleza de la prosperidad global —quién se beneficia de ella y quién no, de dónde surge— es un tema todavía abierto a debate, por supuesto. Lo que es irrefutable es el hecho de que el manual de reglas de libre mercado de Friedman y sus astutas estrategias para imponerlo han hecho que algunas personas prosperen extraordinariamente y les ha conseguido algo muy cercano a la libertad completa: ignorar las fronteras nacionales, evitar leyes y tasación y amasar nueva riqueza.

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