Yo te recuerdo sur. Yo te recuerdo
con tu estampa bravía y tus estrellas,
con tu silencio completo como un círculo
creciendo como un riguroso y lento musgo.
Yo te recuerdo así,
exactamente hecho de aguas duras,
perfectamente elaborado por raíces secretas
que te cruzan como un cielo terrestre.
Algo tiene que ver contigo
el rudo maderamen de tus bosques,
la fragancia de fibra
que se queda en tu ancho corazón de soledades
de donde van naciendo navíos y ciudades.
Y el viento, sólo el viento
que no le importa nada y galopa
llevando ateridas historias de sangre y fantasmas.
La porfiada presencia de la lluvia
que danza agua sola hasta anegar el aire.
Más al sur del invierno está la nieve
que se repite siempre inagotable y sola.
Yo tengo en mis retinas, yo reconstruyo
tus contornos de luz y de ventiscas,
y a los hombres que sólo saben del sol
les doy tu geografía hecha pedazos.
Yo les digo que vengo de tus aristas duras
con un puñado de nieve en las manos
y un viento rebelde en los cabellos.
Que en tu costra escarchada el arado se angustia.
Que el cielo es un inmenso campanario
donde están las gaviotas y el granizo.
Que hay arrecifes hechos por espumas
donde el mar esculpe sus bramidos
y que en la luna yacen los piratas
que no pudieron penetrar tus aguas.
Que a veces se estremece tu pampa solitaria
cuando pasa un rebaño de ovejas y ladridos,
donde los astros sueñan junto al alba
escuchando tonadas de lluvias y recuerdos.
Que por tu amplia ventana se desborda el paisaje
hacia donde me acerco para mirar los pájaros.
Yo te recuerdo así,
como una humedecida arboladura,
como añadir a la piedra más profundo silencio
que se asoma intacto entre algas y helados meridianos.
Todo está preparado como para un olvido
desde el día que millones de gotas levantaron el agua.
No falta ni la fugaz presencia de soles y estaciones,
ni siquiera tu complicado puzzle de canales y rocas,
ni siquiera tu arquitectura abrupta y de horizontes solos,
ni el cielo que te sobra,
ni la bruma, enemiga de la luz.
Allí te permaneces, cayéndote del mapa,
pulsando la más agreste arcilla de mi infancia,
sosteniendo tu lejanía como si fuera un aire,
siempre en actitud de esperar golondrinas.
Yo te recuerdo así,
como un regalo innecesario de sol.
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