Cantopolítico

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, ni participa. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

viernes, abril 15, 2011

Intercambio epistolar sobre Ética y Política: Carta Primera del Subcomandante Marcos a Luis Villoro




EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL
MÉXICO.

Enero-Febrero del 2011.

Para: Don Luis Villoro.
De: Subcomandante Insurgente Marcos.

Doctor, saludos.

Esperamos de veras que se encuentre mejor de salud y que tome estas líneas no sólo como vaivén de ideas, también como un abrazo cariñoso del todo que somos.

Le agradecemos el haber aceptado participar como corresponsal en este intercambio epistolar. Esperamos que de él surjan reflexiones que nos ayuden, allá y acá, a tratar de entender el calendario que padece nuestra geografía, es decir, nuestro México.

Permítame iniciar con una especie de esbozo. Se trata de ideas, fragmentadas como nuestra realidad, que pueden seguir su camino independiente o irse enlazando como una trenza (que es la mejor imagen que he encontrado para “dibujar” nuestro proceso de reflexión teórica), y que son producto de nuestra inquietud sobre lo que ocurre actualmente en México y en el mundo.

Y aquí inician estos apuntes apresurados sobre algunos temas, todos ellos relacionados con la ética y la política. O más bien sobre lo que nosotros alcanzamos a percibir (y a padecer) de ellos, y sobre las resistencias en general, y nuestra resistencia particular. Como es de esperar, en estos apuntes, el esquematismo y la reducción reinarán, pero creo que alcanzan para dibujar una o muchas líneas de discusión, de diálogo, de reflexión crítica.

Y de esto es precisamente de lo que se trata, de que la palabra vaya y venga, sorteando retenes y patrullajes militares y policíacos, de nuestro acá hasta su allá, aunque luego pasa que la palabra se va para otros lados y no importa si alguien la recoge y la lanza de nuevo (que para eso son las palabras y las ideas).

Aunque el tema en el que nos hemos puesto de acuerdo es el de Política y Ética, tal vez son necesarios algunos rodeos o, más mejor, aproximaciones desde puntos aparentemente distantes.

Y, puesto que se trata de reflexiones teóricas, habrá que empezar por la realidad, por lo que los detectives llaman “los hechos”.

En “Escándalo en Bohemia”, de Arthur Conan Doyle, el detective Sherlock Holmes le dice a su amigo, el Doctor Watson: “Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a deformar los hechos para que se ajusten a las teorías, en lugar de ajustar las teorías a los hechos”.

Podríamos empezar entonces por una descripción, apresurada e incompleta, de lo que la realidad nos presenta de la misma forma, es decir, sin anestesia alguna, y recabar algunos datos. Algo así como intentar reconstruir no sólo los hechos sino la forma en la que tomamos conocimiento de ellos.

Y lo primero que aparece en la realidad de nuestro calendario y geografía es una antigua conocida de los pueblos originarios de México: La Guerra.

I.- LAS GUERRAS DE ARRIBA.

“Y en el principio fueron las estatuas”.

Así podría iniciar un ensayo historiográfico sobre la guerra, o una reflexión filosófica sobre la real paridora de la historia moderna. Porque la estatuas bélicas esconden más de lo que muestran. Erigidas para cantar en piedra la memoria de victorias militares, no hacen sino ocultar el horror, la destrucción y la muerte de toda guerra. Y las pétreas figuras de diosas o ángeles coronados con el laurel de la victoria no sólo sirven para que el vencedor tenga memoria de su éxito, también para forjar la desmemoria en el vencido.

Pero en la actualidad esos espejos rocosos se encuentran en desuso. Además de ser sepultados cotidianamente por la crítica implacable de aves de todo tipo, han encontrado en los medios masivos de comunicación un competidor insuperable.

La estatua de Hussein, derribada en Bagdad durante la invasión norteamericana a Irak, no fue sustituida por una de George Bush, sino por los promocionales de las grandes firmas trasnacionales. Aunque el rostro bobo del entonces presidente de Estados Unidos bien podía servir para promover comida chatarra, las multinacionales prefirieron autoerigirse el homenaje de un nuevo mercado conquistado. Al negocio de la destrucción, siguió el negocio de la reconstrucción. Y, aunque las bajas en las tropas norteamericanas siguen, lo importante es el dinero que va y viene como debe ser: con fluidez y en abundancia.

La caída de la estatua de Saddam Hussein no es el símbolo de la victoria de la fuerza militar multinacional que invadió Irak. El símbolo está en el alza en las acciones de las firmas patrocinadoras.

“En el pasado fueron las estatuas, ahora son las bolsas de valores”.

Así podría seguir la historiografía moderna de la guerra.

Pero la realidad de la historia (ese caótico horror mirado cada vez menos y con más asepsia), compromete, pide cuentas, exige consecuencias, demanda. Una mirada honesta y un análisis crítico podrían identificar las piezas del rompecabezas y entonces escuchar, como un estruendo macabro, la sentencia:

“En el principio fue la guerra”.


La Legitimación de la Barbarie.

Quizá, en algún momento de la historia de la humanidad, el aspecto material, físico, de una guerra fue lo determinante. Pero, al avanzar la pesada y torpe rueda de la historia, eso no bastó. Así como las estatuas sirvieron para el recuerdo del vencedor y la desmemoria del vencido, en las guerras los contendientes necesitaron no sólo derrotar físicamente al contrario, sino también hacerse de una coartada propagandística, es decir, de legitimidad. Derrotarlo moralmente.

En algún momento de la historia fue la religión la que otorgó ese certificado de legitimidad a la dominación guerrera (aunque algunas de las últimas guerras modernas no parecen haber avanzado mucho en ese sentido)- Pero luego fue necesario un pensamiento más elaborado y la filosofía entró al relevo.

Recuerdo ahora unas palabras suyas: “La filosofía siempre ha tenido una relación ambivalente con el poder social y político. Por una parte, tomó la sucesión de la religión como justificadora teórica de la dominación. Todo poder constituido ha tratado de legitimarse, primero en una creencia religiosa, después en una doctrina filosófica. (…) Tal parece que la fuerza bruta que sustenta al dominio carecería de sentido para el hombre si no se justificara en un fin aceptable. El discurso filosófico, a la releva de la religión, ha estado encargado de otorgarle ese sentido; es un pensamiento de dominio.” (Luis Villoro. “Filosofía y Dominio”. Discurso de ingreso al Colegio Nacional. Noviembre de 1978).

En efecto, en la historia moderna esa coartada podía llegar a ser tan elaborada como una justificación filosófica o jurídica (los ejemplos más patéticos los ha dado la Organización de las Naciones Unidas, ONU). Pero lo fundamental era, y es, hacerse de una justificación mediática.

Si cierta filosofía (siguiéndolo, Don Luis: el “pensamiento de dominio” en contraposición al “pensamiento de liberación”) relevó a la religión en esa tarea de legitimación, ahora los medios masivos de comunicación han relevado a la filosofía.

¿Alguien recuerda que la justificación de la fuerza armada multinacional para invadir Irak era que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva? Sobre eso se construyó un gigantesco andamiaje mediático que fue el combustible para una guerra que no ha terminado aún, al menos en términos militares. ¿Alguien recuerda que nunca se encontraron tales armas de destrucción masiva? Ya no importa si fue mentira, si hubo (y hay) horror, destrucción y muerte, perpetrados con una coartada falsa.

Cuentan que, para declarar la victoria militar en Irak, George W. Bush no esperó los informes de que se habían encontrado y destruido esas armas, ni la confirmación de que la fuerza multinacional controlaba ya, si no todo el territorio iraquí, sí al menos sus puntos nodales (la fuerza militar norteamericana se encontraba atrincherada en la llamada “zona verde” y ni siquiera podía aventurarse a salir a los barrios vecinos –véanse los estupendos reportajes de Robert Fisk para el periódico británico “The Independent”-).

No, el informe que recibió Washington y le permitió dar por terminada la guerra (que por cierto no termina aún), llegó de los consultores de las grandes trasnacionales: el negocio de la destrucción puede dar paso al negocio de la reconstrucción (sobre esto véanse los brillantes artículos de Naomi Klein en el semanario estadounidense “The Nation”, y su libro “La Doctrina del Shock”).

Así, lo esencial en la guerra no es sólo la fuerza física (o material), también es necesaria la fuerza moral que, en estos casos, es proporcionada por los medios masivos de comunicación (como antes por la religión y la filosofía).

La Geografía de la Guerra Moderna.

Si el aspecto físico lo referimos a un ejército, es decir, a una organización armada, mientras más fuerte es (es decir, mientras más poder de destrucción posee), más posibilidades de éxito tiene.

Si es el aspecto moral referido a un organismo armado, mientras más legítima es la causa que lo anima (es decir, mientras más poder de convocatoria tiene), entonces mayores son las posibilidades de conseguir sus objetivos.

El concepto de guerra se amplió: se trataba de no sólo de destruir al enemigo en su capacidad física de combate (soldados y armamento) para imponer la voluntad propia, también era posible destruir su capacidad moral de combate, aunque tuviera aún suficiente capacidad física.

Si las guerras se pudieran poner únicamente en el terreno militar (físico, ya que en esa referencia estamos), es lógico esperar que la organización armada con mayor poder de destrucción imponga su voluntad al contrario (tal es el objetivo del choque entre fuerzas) destruyendo su capacidad material de combate.

Pero ya no es posible ubicar ningún conflicto en el terreno meramente físico. Cada vez más es más complicado el terreno en el que las guerras (chicas o grandes, regulares o irregulares, de baja, mediana o alta intensidad, mundiales, regionales o locales) se realizan.

Detrás de esa gran e ignorada guerra mundial (“guerra fría” es como la llama la historiografía moderna, nosotros la llamamos “la tercera guerra mundial”), se puede encontrar una sentencia histórica que marcará las guerras por venir.

La posibilidad de una guerra nuclear (llevada al límite por la carrera armamentista que consistía, grosso modo, en cuántas veces se era capaz de destruir el mundo) abrió la posibilidad de “otro” final de un conflicto bélico: el resultado de un choque armado podía no ser la imposición de la voluntad de uno de los contrincantes sobre el otro, sino que podía suponer la anulación de las voluntades en pugna, es decir, de su capacidad material de combate. Y por “anulación” me refiero no sólo a “incapacidad de acción” (un “empate” pues), también (y sobre todo) a “desaparición”.

En efecto, los cálculos geomilitares nos decían que en una guerra nuclear no habría vencedores ni vencidos. Y más aún, no habría nada. La destrucción sería tan total e irreversible que la civilización humana dejaría su paso a la de las cucarachas.

El argumento recurrente en las altas esferas militares de las potencias de la época era que las armas nucleares no eran para pelear una guerra, sino para inhibirla. El concepto de “armamento de contención” se tradujo entonces al más diplomático de “elementos de disuasión”.

Reduciendo: la doctrina “moderna” militar se sintetizaba en: impedir que el contrario imponga su voluntad mayor (o “estratégica”), equivale a imponer la propia voluntad mayor (“estratégica”), es decir, desplazar las grandes guerras hacia las pequeñas o medianas guerras. Ya no se trataba de destruir la capacidad física y/o moral de combate del enemigo, sino de evitar que la empleara en un enfrentamiento directo. En cambio, se buscaba redefinir los teatros de la guerra (y la capacidad física de combate) de lo mundial a lo regional y local. En suma: diplomacia pacífica internacional y guerras regionales y nacionales.

Resultado: no hubo guerra nuclear (al menos todavía no, aunque la estupidez del capital es tan grande como su ambición), pero en su lugar hubo innumerables conflictos de todos los niveles que arrojaron millones de muertos, millones de desplazados de guerra, millones de toneladas métricas de material destruido, economías arrasadas, naciones destruidas, sistemas políticos hechos añicos… y millones de dólares de ganancia.

Pero la sentencia estaba dada para las guerras “más modernas” o “posmodernas”: son posibles conflictos militares que, por su naturaleza, sean irresolubles en términos de fuerza física, es decir, en imponer por la fuerza la voluntad al contrario.

Podríamos suponer entonces que se inició una lucha paralela SUPERIOR a las guerras “convencionales”. Una lucha por imponer una voluntad sobre la otra: la lucha del poderoso militarmente (o “físicamente” para poder transitar al microcosmos humano) por evitar que las guerras se libraran en terrenos donde no se pudieran tener resultados convencionales (del tipo “el ejército mejor equipado, entrenado y organizado será potencialmente victorioso sobre el ejército peor equipado, entrenado y organizado”). Podríamos suponer, entonces, que en su contra está la lucha del débil militarmente (o “físicamente”) por hacer que las guerras se libraran en terrenos donde el poderío militar no fuera el determinante.

Las guerras “más modernas” o “posmodernas” no son, entonces, las que ponen en el terreno armas más sofisticadas (y aquí incluyo no sólo a las armas como técnica militar, también las tomadas como tales en los organigramas militares: el arma de infantería, el de caballería, el arma blindada, etc.), sino las que son llevadas a terrenos donde la calidad y cantidad del poder militar no es el factor determinante.

Con siglos de retraso, la teoría militar de arriba descubría que, así las cosas, serían posibles conflictos en los que un contrincante abrumadoramente superior en términos militares fuera incapaz de imponer su voluntad a un rival débil.

Sí, son posibles.

Ejemplos en la historia moderna sobran, y las que ahora me vienen a la memoria son de derrotas de la mayor potencia bélica en el mundo, los Estados Unidos de América, en Vietnam y en Playa Girón. Aunque se podrían agregar algunos ejemplos de calendarios pasados y de nuestra geografía: las derrotas del ejército realista español por las fuerzas insurgentes en el México de hace 200 años.

Sin embargo, la guerra está ahí y sigue ahí su cuestión central: la destrucción física y/o moral del oponente para imponer la voluntad propia, sigue siendo el fundamento de la guerra de arriba.

Entonces, si la fuerza militar (o física, reitero) no sólo no es relevante sino que se puede prescindir de ella como variable determinante en la decisión final, tenemos que en el conflicto bélico entran otras variables o algunas de las presentes como secundarias pasan a primer plano.

Esto no es nuevo. El concepto de “guerra total” (aunque no como tal) tiene antecedentes y ejemplos. La guerra por todos los medios (militares, económicos, políticos, religiosos, ideológicos, diplomáticos, sociales y aún ecológicos) es el sinónimo de “guerra moderna”.

Pero falta lo fundamental: la conquista de un territorio. Es decir, que esa voluntad se impone en un calendario preciso sí, pero sobre todo en una geografía delimitada. Si no hay un territorio conquistado, es decir, bajo control directo o indirecto de la fuerza vencedora, no hay victoria.

Aunque se puede hablar de guerras económicas (como el bloqueo que el gobierno norteamericano mantiene contra la República de Cuba) o de aspectos económicos, religiosos, ideológicos, raciales, etc., de una guerra, el objetivo sigue siendo el mismo. Y en la época actual, la voluntad que trata de imponer el capitalismo es destruir/despoblar y reconstruir/reordenar el territorio conquistado.

Sí, las guerras ahora no se conforman con conquistar un territorio y recibir tributo de la fuerza vencida. En la etapa actual del capitalismo es preciso destruir el territorio conquistado y despoblarlo, es decir, destruir su tejido social. Hablo de la aniquilación de todo lo que da cohesión a una sociedad.

Pero no se detiene ahí la guerra de arriba. De manera simultánea a la destrucción y el despoblamiento, se opera la reconstrucción de ese territorio y el reordenamiento de su tejido social, pero ahora con otra lógica, otro método, otros actores, otro objetivo. En suma: las guerras imponen una nueva geografía.

Si en una guerra internacional, este proceso complejo ocurre en la nación conquistada y se opera desde la nación agresora, en una guerra local o nacional o civil el territorio a destruir/despoblar y reconstruir/reordenar es común a las fuerzas en pugna.

Es decir, la fuerza atacante victoriosa destruye y despuebla su propio territorio.

Y lo reconstruye y reordena según su plan de conquista o reconquista.

Aunque si no tiene plan… entonces “alguien” opera esa reconstrucción – reordenamiento.

Como pueblos originarios mexicanos y como EZLN algo podemos decir sobre la guerra. Sobre todo si se libra en nuestra geografía y en este calendario: México, inicios del siglo XXI…

II.- LA GUERRA DEL MÉXICO DE ARRIBA.

“Yo daría la bienvenida casi a cualquier guerra
porque creo que este país necesita una”.

Theodore Roosevelt.

Y ahora nuestra realidad nacional es invadida por la guerra. Una guerra que no sólo ya no es lejana para quienes acostumbraban verla en geografías o calendarios distantes, sino que empieza a gobernar las decisiones e indecisiones de quienes pensaron que los conflictos bélicos estaban sólo en noticieros y películas de lugares tan lejanos como… Irak, Afganistán,… Chiapas.

Y en todo México, gracias al patrocinio de Felipe Calderón Hinojosa, no tenemos que recurrir a la geografía del Medio Oriente para reflexionar críticamente sobre la guerra. Ya no es necesario remontar el calendario hasta Vietnam, Playa Girón, siempre Palestina.

Y no menciono a Chiapas y la guerra contra las comunidades indígenas zapatistas, porque ya se sabe que no están de moda, (para eso el gobierno del estado de Chiapas se ha gastado bastante dinero en conseguir que los medios no lo pongan en el horizonte de la guerra, sino de los “avances” en la producción de biodiesel, el “buen” trato a los migrantes, los “éxitos” agrícolas y otros cuentos engañabobos vendidos a consejos de redacción que firman como propios los boletines gubernamentales pobres en redacción y argumentos).

La irrupción de la guerra en la vida cotidiana del México actual no viene de una insurrección, ni de movimientos independentistas o revolucionarios que se disputen su reedición en el calendario 100 o 200 años después. Viene, como todas las guerras de conquista, desde arriba, desde el Poder.

Y esta guerra tiene en Felipe Calderón Hinojosa su iniciador y promotor institucional (y ahora vergonzante).

Quien se posesionó de la titularidad del ejecutivo federal por la vía del facto, no se contentó con el respaldo mediático y tuvo que recurrir a algo más para distraer la atención y evadir el masivo cuestionamiento a su legitimidad: la guerra.

Cuando Felipe Calderón Hinojosa hizo suya la proclama de Theodore Roosevelt (algunos adjudican la sentencia a Henry Cabot Lodge) de “este país necesita una guerra”, recibió la desconfianza medrosa de los empresarios mexicanos, la entusiasta aprobación de los altos mandos militares y el aplauso nutrido de quien realmente manda: el capital extranjero.

La crítica de esta catástrofe nacional llamada “guerra contra el crimen organizado” debiera completarse con un análisis profundo de sus alentadores económicos. No sólo me refiero al antiguo axioma de que en épocas de crisis y de guerra aumenta el consumo suntuario. Tampoco sólo a los sobresueldos que reciben los militares (en Chiapas, los altos mandos militares recibían, o reciben, un salario extra del 130% por estar en “zona de guerra”). También habría que buscar en las patentes, proveedores y créditos internacionales que no están en la llamada “Iniciativa Mérida”.

Si la guerra de Felipe Calderón Hinojosa (aunque se ha tratado, en vano, de endosársela a todos los mexicanos) es un negocio (que lo es), falta responder a las preguntas de para quién o quiénes es negocio, y qué cifra monetaria alcanza.

Algunas estimaciones económicas.

No es poco lo que está en juego:

(nota: las cantidades detalladas no son exactas debido a que no hay claridad en los datos gubernamentales oficiales. por lo que en algunos casos se recurrió a lo publicado en el Diario Oficial de la Federación y se completó con datos de las dependencias e información periodística seria).

En los primeros 4 años de la “guerra contra el crimen organizado” (2007-2010), las principales entidades gubernamentales encargadas (Secretaría de la Defensa Nacional –es decir: ejército y fuerza aérea-, Secretaría de Marina, Procuraduría General de la República y Secretaría de Seguridad Pública) recibieron del Presupuesto de Egresos de la Federación una cantidad superior a los 366 mil millones de pesos (unos 30 mil millones de dólares al tipo de cambio actual). Las 4 dependencias gubernamentales federales recibieron: en 2007 más de 71 mil millones de pesos; en 2008 más de 80 mil millones; en 2009 más de 113 mil millones y en 2010 fueron más de 102 mil millones de pesos. A esto habrá que sumar los más de 121 mil millones de pesos (unos 10 mil millones de dólares) que recibirán en este año del 2011.

Tan sólo la Secretaría de Seguridad Pública pasó de recibir unos 13 mil millones de pesos de presupuesto en el 2007, a manejar uno de más de 35 mil millones de pesos en el 2011 (tal vez es porque las producciones cinematográficas son más costosas).

De acuerdo al Tercer Informe de Gobierno de septiembre del 2009, al mes de junio de ese año, las fuerzas armadas federales contaban con 254, 705 elementos (202, 355 del Ejército y Fuerza Aérea y 52, 350 de la Armada.

En 2009 el presupuesto para la Defensa Nacional fue de 43 mil 623 millones 321 mil 860 pesos, a los que sumaron 8 mil 762 millones 315 mil 960 pesos (el 25.14% más), en total: más de 52 mil millones de pesos para el Ejército y Fuerza Aérea. La Secretaría de Marina: más de 16 mil millones de pesos: Seguridad Pública: casi 33 mil millones de pesos; y Procuraduría General de la República: más de 12 mil millones de pesos.

Total de presupuesto para la “guerra contra el crimen organizado” en 2009: más de 113 mil millones de pesos

En el año del 2010, un soldado federal raso ganaba unos 46, 380 pesos anuales; un general divisionario recibía 1 millón 603 mil 80 pesos al año, y el Secretario de la Defensa Nacional percibía ingresos anuales por 1 millón 859 mil 712 pesos.

Si las matemáticas no me fallan, con el presupuesto bélico total del 2009 (113 mil millones de pesos para las 4 dependencias) se hubieran podido pagar los salarios anuales de 2 millones y medio de soldados rasos; o de 70 mil 500 generales de división; o de 60 mil 700 titulares de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Pero, por supuesto, no todo lo que se presupuesta va a sueldos y prestaciones. Se necesitan armas, equipos, balas… porque las que se tienen ya no sirven o son obsoletas.

“Si el Ejército mexicano entrara en combate con sus poco más de 150 mil armas y sus 331.3 millones de cartuchos contra algún enemigo interno o externo, su poder de fuego sólo alcanzaría en promedio para 12 días de combate continuo, señalan estimaciones del Estado Mayor de la Defensa Nacional (Emaden) elaboradas por cada una de las armas al Ejército y Fuerza Aérea. Según las previsiones, el fuego de artillería de obuseros (cañones) de 105 milímetros alcanzaría, por ejemplo, para combatir sólo por 5.5 días disparando de manera continua las 15 granadas para dicha arma. Las unidades blindadas, según el análisis, tienen 2 mil 662 granadas 75 milímetros.

De entrar en combate, las tropas blindadas gastarían todos sus cartuchos en nueve días. En cuanto a la Fuerza Aérea, se señala que existen poco más de 1.7 millones de cartuchos calibre 7.62 mm que son empleados por los aviones PC-7 y PC-9, y por los helicópteros Bell 212 y MD-530. En una conflagración, esos 1.7 millones de cartuchos se agotarían en cinco días de fuego aéreo, según los cálculos de la Sedena. La dependencia advierte que los 594 equipos de visión nocturna y los 3 mil 95 GPS usados por las Fuerza Especiales para combatir a los cárteles de la droga, “ya cumplieron su tiempo de servicio”.

Las carencias y el desgaste en las filas del Ejército y Fuerza Aérea son patentes y alcanzan niveles inimaginados en prácticamente todas las áreas operativas de la institución. El análisis de la Defensa Nacional señala que los goggles de visión nocturna y los GPS tienen entre cinco y 13 años de antigüedad, y “ya cumplieron su tiempo de servicio”. Lo mismo ocurre con los “150 mil 392 cascos antifragmento” que usan las tropas. El 70% cumplió su vida útil en 2008, y los 41 mil 160 chalecos antibala lo harán en 2009. (…).

En este panorama, la Fuerza Aérea resulta el sector más golpeado por el atraso y dependencia tecnológicos hacia el extranjero, en especial de Estados Unidos e Israel. Según la Sedena, los depósitos de armas de la Fuerza Aérea tienen 753 bombas de 250 a mil libras cada una. Los aviones F-5 y PC-7 Pilatus usan esas armas. Las 753 existentes alcanzan para combatir aire-tierra por un día. Las 87 mil 740 granadas calibre 20 milímetros para jets F-5 alcanzan para combatir a enemigos externos o internos por seis días. Finalmente, la Sedena revela que los misiles aire-aire para los aviones F-5, es de sólo 45 piezas, lo cual representan únicamente un día de fuego aéreo.” Jorge Alejandro Medellín en “El Universal”, México, 02 de enero de 2009.

Esto se conoce en 2009, 2 años después del inicio de la llamada “guerra” del gobierno federal. Dejemos de lado la pregunta obvia de cómo fue posible que el jefe supremo de las fuerzas armadas, Felipe Calderón Hinojosa, se lanzara a una guerra (“de largo aliento” dice él) sin tener las condiciones materiales mínimas para mantenerla, ya no digamos para “ganarla”. Entonces preguntémonos: ¿Qué industrias bélicas se van a beneficiar con las compras de armamento, equipos y parque?

Si el principal promotor de esta guerra es el imperio de las barras y las turbias estrellas (haciendo cuentas, en realidad las únicas felicitaciones que ha recibido Felipe Calderón Hinojosa han venido del gobierno norteamericano), no hay que perder de vista que al norte del Río Bravo no se otorgan ayudas, sino que se hacen inversiones, es decir, negocios.

Victorias y derrotas.

¿Ganan los Estados Unidos con esta guerra “local”? La respuesta es: sí. Dejando de lado las ganancias económicas y la inversión monetaria en armas, parque y equipos (no olvidemos que USA es el principal proveedor de todo esto a los dos bandos contendientes: autoridades y “delincuentes” -la “guerra contra la delincuencia organizada” es un negocio redondo para la industria militar norteamericana-), está, como resultado de esta guerra, una destrucción / despoblamiento y reconstrucción / reordenamiento geopolítico que los favorece.

Esta guerra (que está perdida para el gobierno desde que se concibió, no como una solución a un problema de inseguridad, sino a un problema de legitimidad cuestionada), está destruyendo el último reducto que le queda a una Nación: el tejido social.

¿Qué mejor guerra para los Estados Unidos que una que le otorgue ganancias, territorio y control político y militar sin las incómodas “body bags” y los lisiados de guerra que le llegaron, antes, de Vietnam y ahora de Irak y Afganistán?

Las revelaciones de Wikileaks sobre las opiniones en el alto mando norteamericano acerca de las “deficiencias” del aparato represivo mexicano (su ineficacia y su contubernio con la delincuencia), no son nuevas. No sólo en el común de la gente, sino en altas esferas del gobierno y del Poder en México esto es una certeza. La broma de que es una guerra dispareja porque el crimen organizado sí está organizado y el gobierno mexicano está desorganizado, es una lúgubre verdad.

El 11 de diciembre del 2006, se inició formalmente esta guerra con el entonces llamado “Operativo Conjunto Michoacán”. 7 mil elementos del ejército, la marina y las policías federales lanzaron una ofensiva (conocida popularmente como “el michoacanazo”) que, pasada la euforia mediática de esos días, resultó ser un fracaso. El mando militar fue el general Manuel García Ruiz y el responsable del operativo fue Gerardo Garay Cadena de la Secretaría de Seguridad Pública. Hoy, y desde diciembre del 2008, Gerardo Garay Cadena está preso en el penal de máxima seguridad de Tepic, Nayarit, acusado de coludirse con “el Chapo” Guzmán Loera.

Y, a cada paso que se da en esta guerra, para el gobierno federal es más difícil explicar dónde está el enemigo a vencer.

Jorge Alejandro Medellín es un periodista que colabora con varios medios informativos -la revista “Contralínea”, el semanario “Acentoveintiuno”, y el portal de noticias “Eje Central”, entre otros -y se ha especializado en los temas de militarismo, fuerzas armadas, seguridad nacional y narcotráfico. En octubre del 2010 recibió amenazas de muerte por un artículo donde señaló posibles ligas del narcotráfico con el general Felipe de Jesús Espitia, ex comandante de la V Zona Militar y ex jefe de la Sección Séptima -Operaciones Contra el Narcotráfico- en el gobierno de Vicente Fox, y responsable del Museo del Enervante ubicado en las oficinas de la S-7. El general Espitia fue removido como comandante de la V Zona Militar ante el estrepitoso fracaso de los operativos ordenados por él en Ciudad Juárez y por la pobre respuesta que dio a las masacres cometidas en la ciudad fronteriza.

Pero el fracaso de la guerra federal contra la “delincuencia organizada”, la joya de la corona del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, no es un destino a lamentar para el Poder en USA: es la meta a conseguir.

Por más que se esfuercen los medios masivos de comunicación en presentar como rotundas victorias de la legalidad, las escaramuzas que todos los días se dan en el territorio nacional, no logran convencer.

Y no sólo porque los medios masivos de comunicación han sido rebasados por las formas de intercambio de información de gran parte de la población (no sólo, pero también las redes sociales y la telefonía celular), también, y sobre todo, porque el tono de la propaganda gubernamental ha pasado del intento de engaño al intento de burla (desde el “aunque no lo parezca vamos ganando” hasta lo de “una minoría ridícula”, pasando por las bravatas de cantina del funcionario en turno).

Sobre esta otra derrota de la prensa, escrita y de radio y televisión, volveré en otra misiva. Por ahora, y respecto al tema que ahora nos ocupa, basta recordar que el “no pasa nada en Tamaulipas” que era pregonado por las noticias (marcadamente de radio y televisión), fue derrotado por los videos tomados por ciudadanos con celulares y cámaras portátiles y compartidos por internet.

Pero volvamos a la guerra que, según Felipe Calderón Hinojosa, nunca dijo que es una guerra. ¿No lo dijo, no lo es?

“Veamos si es guerra o no es guerra: el 5 de diciembre de 2006, Felipe Calderón dijo: “Trabajamos para ganar la guerra a la delincuencia…”. El 20 de diciembre de 2007, durante un desayuno con personal naval, el señor Calderón utilizó hasta en cuatro ocasiones en un sólo discurso, el término guerra. Dijo: “La sociedad reconoce de manera especial el importante papel de nuestros marinos en la guerra que mi Gobierno encabeza contra la inseguridad…”, “La lealtad y la eficacia de las Fuerzas Armadas, son una de las más poderosas armas en la guerra que libramos contra ella…”, “Al iniciar esta guerra frontal contra la delincuencia señalé que esta sería una lucha de largo aliento”, “…así son, precisamente, las guerras…”.
Pero aún hay más: el 12 de septiembre de 2008, durante la Ceremonia de Clausura y Apertura de Cursos del Sistema Educativo Militar, el autollamado “Presidente del empleo”, se dio vuelo pronunciando hasta en media docena de ocasiones, el término guerra contra el crimen: “Hoy nuestro país libra una guerra muy distinta a la que afrontaron los insurgentes en el 1810, una guerra distinta a la que afrontaron los cadetes del Colegio Militar hace 161 años…” “…todos los mexicanos de nuestra generación tenemos el deber de declarar la guerra a los enemigos de México… Por eso, en esta guerra contra la delincuencia…” “Es imprescindible que todos los que nos sumamos a ese frente común pasemos de la palabra a los hechos y que declaremos, verdaderamente, la guerra a los enemigos de México…” “Estoy convencido que esta guerra la vamos a ganar…”
(Alberto Vieyra Gómez. Agencia Mexicana de Noticias, 27 de enero del 2011).

Al contradecirse, aprovechando el calendario, Felipe Calderón Hinojosa no se enmienda la plana ni se corrige conceptualmente. No, lo que ocurre es que las guerras se ganan o se pierden (en este caso, se pierden) y el gobierno federal no quiere reconocer que el punto principal de su gestión ha fracasado militar y políticamente.

¿Guerra sin fin? La diferencia entre la realidad… y los videojuegos.

Frente al fracaso innegable de su política guerrerista, ¿Felipe Calderón Hinojosa va a cambiar de estrategia?

La respuesta es NO. Y no sólo porque la guerra de arriba es un negocio y, como cualquier negocio, se mantiene mientras siga produciendo ganancias.

Felipe Calderón Hinojosa, el comandante en jefe de las fuerzas armadas; el ferviente admirador de José María Aznar; el autodenominado “hijo desobediente”; el amigo de Antonio Solá; el “ganador” de la presidencia por medio punto porcentual de la votación emitida gracias a la alquimia de Elba Esther Gordillo; el de los desplantes autoritarios más bien cercanos al berrinche (“o bajan o mando por ustedes”); el que quiere tapar con más sangre la de los niños asesinados en la Guardería ABC, en Hermosillo, Sonora; el que ha acompañado su guerra militar con una guerra contra el trabajo digno y el salario justo; el del calculado autismo frente a los asesinatos de Marisela Escobedo y Susana Chávez Castillo; el que reparte etiquetas mortuorias de “miembros del crimen organizado” a los niños y niñas, hombres y mujeres que fueron y son asesinados porque sí, porque les tocó estar en el calendario y la geografía equivocados, y no alcanzan siquiera el ser nombrados porque nadie les lleva la cuenta ni en la prensa, ni en las redes sociales.

Él, Felipe Calderón Hinojosa, es también un fan de los videojuegos de estrategia militar.

Felipe Calderón Hinojosa es el “gamer” “que en cuatro años convirtió un país en una versión mundana de The Age of Empire -su videojuego preferido-, (…) un amante -y mal estratega- de la guerra” (Diego Osorno en “Milenio Diario”, 3 de octubre del 2010).

Es él que nos lleva a preguntar: ¿está México siendo gobernado al estilo de un videojuego? (creo que yo sí puedo hacer este tipo de preguntas comprometedoras sin riesgo a que me despidan por faltar a un “código de ética” que se rige por la publicidad pagada).

Felipe Calderón Hinojosa no se detendrá. Y no sólo porque las fuerzas armadas no se lo permitirían (los negocios son negocios), también por la obstinación que ha caracterizado la vida política del “comandante en jefe” de las fuerzas armadas mexicanas.

Hagamos un poco de memoria: En marzo del 2001, cuando Felipe Calderón Hinojosa era el coordinador parlamentario de los diputados federales de Acción Nacional, se dio aquel lamentable espectáculo del Partido Acción Nacional cuando se negó a que una delegación indígena conjunta del Congreso Nacional Indígena y del EZLN hicieran uso de la tribuna del Congreso de la Unión en ocasión de la llamada “marcha del color de la tierra”.

A pesar de que se estaba mostrando al PAN como una organización política racista e intolerante (y lo es) por negar a los indígenas el derecho a ser escuchados, Felipe Calderón Hinojosa se mantuvo en su negativa. Todo le decía que era un error asumir esa posición, pero el entonces coordinador de los diputados panistas no cedió (y terminó escondido, junto con Diego Fernández de Cevallos y otros ilustres panistas, en uno de los salones privados de la cámara, viendo por televisión a los indígenas hacer uso de la palabra en un espacio que la clase política reserva para sus sainetes).

“Sin importar los costos políticos”, habría dicho entonces Felipe Calderón Hinojosa.

Ahora dice lo mismo, aunque hoy no se trata de los costos políticos que asuma un partido político, sino de los costos humanos que paga el país entero por esa tozudez.

Estando ya por terminar esta misiva, encontré las declaraciones de la secretaria de seguridad interior de Estados Unidos, Janet Napolitano, especulando sobre las posibles alianzas entre Al Qaeda y los cárteles mexicanos de la droga. Un día antes, el subsecretario del Ejército de Estados Unidos, Joseph Westphal, declaró que en México hay una forma de insurgencia encabezada por los cárteles de la droga que potencialmente podrían tomar el gobierno, lo cual implicaría una respuesta militar estadunidense. Agregó que no deseaba ver una situación en donde soldados estadunidenses fueran enviados a combatir una insurgencia “sobre nuestra frontera… o tener que enviarlos a cruzar esa frontera hacia México.

Mientras tanto, Felipe Calderón Hinojosa, asistía a un simulacro de rescate en un pueblo de utilería, en Chihuahua, y se subió a un avión de combate F-5, se sentó en el asiento del piloto y bromeó con un “disparen misiles”.

¿De los videojuegos de estrategia a los “simuladores de combate aéreo” y “disparos en primera persona”? ¿Del Age of Empires al HAWX?

El HAWX es un videojuego de combate aéreo donde, en un futuro cercano, las empresas militares privadas (“Private military company”) han reemplazado a los ejércitos gubernamentales en varios países. La primera misión del videojuego consiste en bombardear Ciudad Juárez, Chihuahua, México, porque las “fuerzas rebeldes” se han apoderado de la plaza y amenazan con avanzar a territorio norteamericano-.

No en el videojuego, sino en Irak, una de las empresas militares privadas contratadas por el Departamento de Estado norteamericano y la Agencia Central de Inteligencia fue “Blackwater USA”, que después cambió su nombre a “Blackwater Worldwide”. Su personal cometió serios abusos en Irak, incluyendo el asesinato de civiles. Ahora cambió su nombre a “Xe Services LL” y es el más grande contratista de seguridad privada del Departamento de Estado norteamericano. Al menos el 90% de sus ganancias provienen de contratos con el gobierno de Estados Unidos.

El mismo día en el que Felipe Calderón Hinojosa bromeaba en el avión de combate (10 de febrero de 2011), y en el estado de Chihuahua, una niña de 8 años murió al ser alcanzada por una bala en un tiroteo entre personas armadas y miembros del ejército.

¿Cuándo va a terminar esa guerra?

¿Cuándo aparecerá en la pantalla del gobierno federal el “game over” del fin del juego, seguido de los créditos de los productores y patrocinadores de la guerra?

¿Cuándo va poder decir Felipe Calderón “ganamos la guerra, hemos impuesto nuestra voluntad al enemigo, le hemos destruido su capacidad material y moral de combate, hemos (re) conquistado los territorios que estaban en su poder”?

Desde que fue concebida, esa guerra no tiene final y también está perdida.

No habrá un vencedor mexicano en estas tierras (a diferencia del gobierno, el Poder extranjero sí tiene un plan para reconstruir – reordenar el territorio), y el derrotado será el último rincón del agónico Estado Nacional en México: las relaciones sociales que, dando identidad común, son la base de una Nación.

Aún antes del supuesto final, el tejido social estará roto por completo.

Resultados: la Guerra arriba y la muerte abajo.

Veamos que informa el Secretario de Gobernación federal sobre la “no guerra” de Felipe Calderón Hinojosa:

“El 2010 fue el año más violento del sexenio al acumularse 15 mil 273 homicidios vinculados al crimen organizado, 58% más que los 9 mil 614 registrados durante el 2009, de acuerdo con la estadística difundida este miércoles por el Gobierno Federal. De diciembre de 2006 al final de 2010 se contabilizaron 34 mil 612 crímenes, de las cuales 30 mil 913 son casos señalados como “ejecuciones”; tres mil 153 son denominados como “enfrentamientos” y 544 están en el apartado “homicidios-agresiones”. Alejandro Poiré, secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional, presentó una base de datos oficial elaborada por expertos que mostrará a partir de ahora “información desagregada mensual, a nivel estatal y municipal” sobre la violencia en todo el país.” (Periódico “Vanguardia”, Coahuila, México, 13 de enero del 2011)

Preguntemos: De esos 34 mil 612 asesinados, ¿cuántos eran delincuentes? Y los más de mil niños y niñas asesinados (que el Secretario de Gobernación “olvidó” desglosar en su cuenta), ¿también eran “sicarios” del crimen organizado? Cuando en el gobierno federal se proclama que “vamos ganando”, ¿a qué cartel de la droga se refieren? ¿Cuántas decenas de miles más forman parte de esa “ridícula minoría” que es el enemigo a vencer?

Mientras allá arriba tratan inútilmente de desdramatizar en estadísticas los crímenes que su guerra ha provocado, es preciso señalar que también se está destruyendo el tejido social en casi todo el territorio nacional.

La identidad colectiva de la Nación está siendo destruida y está siendo suplantada por otra.

Porque “una identidad colectiva no es más que una imagen que un pueblo se forja de sí mismo para reconocerse como perteneciente a ese pueblo. Identidad colectiva es aquellos rasgos en que un individuo se reconoce como perteneciente a una comunidad. Y la comunidad acepta este individuo como parte de ella. Esta imagen que el pueblo se forja no es necesariamente la perduración de una imagen tradicional heredada, sino que generalmente se la forja el individuo en tanto pertenece a una cultura, para hacer consistente su pasado y su vida actual con los proyectos que tiene para esa comunidad.

Entonces, la identidad no es un simple legado que se hereda, sino que es una imagen que se construye, que cada pueblo se crea, y por lo tanto es variable y cambiante según las circunstancias históricas”. (Luis Villoro, noviembre de 1999, entrevista con Bertold Bernreuter, Aachen, Alemania).

En la identidad colectiva de buena parte del territorio nacional no está, como se nos quiere hacer creer, la disputa entre el lábaro patrio y el narco-corrido (si no se apoya al gobierno entonces se apoya a la delincuencia, y viceversa).

No.

Lo que hay es una imposición, por la fuerza de las armas, del miedo como imagen colectiva, de la incertidumbre y la vulnerabilidad como espejos en los que esos colectivos se reflejan.

¿Qué relaciones sociales se pueden mantener o tejer si el miedo es la imagen dominante con la cual se puede identificar un grupo social, si el sentido de comunidad se rompe al grito de “sálvese quien pueda”?

De esta guerra no sólo van a resultar miles de muertos… y jugosas ganancias económicas.

También, y sobre todo, va a resultar una nación destruida, despoblada, rota irremediablemente.

III.- ¿NADA QUÉ HACER?

A quienes sacan sus mezquinas sumas y restas electorales en esta cuenta mortal, les recordamos:

Hace 17 años, el 12 de enero de 1994, una gigantesca movilización ciudadana (ojo: sin jefes, comandos centrales, líderes o dirigentes) paró la guerra acá. Frente al horror, la destrucción y las muertes, hace 17 años la reacción fue casi inmediata, contundente, eficaz.

Ahora es el pasmo, la avaricia, la intolerancia, la ruindad que escatima apoyos y convoca a la inmovilidad… y la ineficacia.

La iniciativa loable de un grupo de trabajadores de la cultura (“NO MÁS SANGRE”) fue descalificada desde su inicio por no “plegarse” ante un proyecto electoral, por no cumplir el mandato de esperar al 2012.

Ahora que tienen la guerra allá, en sus ciudades, en sus calles, en sus carreteras, en sus casas, ¿qué han hecho? Digo, además de “plegarse” ante quien tiene “el mejor proyecto”.

¿Pedirle a la gente que espere al 2012? ¿Qué entonces sí hay que volver a votar por el menos malo y ahora sí se va a respetar el voto?

Si van más de 34 mil muertos en 4 años, son más de 8 mil muertes anuales. Es decir, ¿hay que esperar 16 mil muertos más para hacer algo?

Porque se va a poner peor. Si los punteros actuales para las elecciones presidenciales del 2012 (Enrique Peña Nieto y Marcelo Ebrard), gobiernan las entidades con mayor número de ciudadanos, ¿no es de esperar que ahí aumente la “guerra contra la delincuencia organizada” con su cauda de “daños colaterales”?

¿Qué van a hacer? Nada. Van a seguir el mismo camino de intolerancia y satanización de hace 4 años, cuando en el 2006 todo lo que no fuera a favor de López Obrador era acusado de servir a la derecha. L@s que nos atacaron y calumniaron entonces y ahora, siguen el mismo camino frente a otros movimientos, organizaciones, protestas, movilizaciones.

¿Por qué la supuesta gran organización nacional que se prepara para que en las próximas elecciones federales, ahora sí, gane un proyecto alternativo de nación, no hace algo ahora? Digo, si piensan que pueden movilizar a millones de mexicanos para que voten por alguien, ¿por qué no movilizarlos para parar la guerra y que el país sobreviva? ¿O es un cálculo mezquino y ruin? ¿Qué la cuenta de muertes y destrucción reste al oponente y sume al elegido?

Hoy, en medio de esta guerra, el pensamiento crítico vuelve a ser postergado. Primero lo primero: el 2012 y las respuestas a las preguntas sobre los “gallos”, nuevos o reciclados, para ese futuro que se desmorona desde hoy. Todo debe subordinarse a ese calendario y a sus pasos previos: las elecciones locales en Guerrero, Baja California Sur, Hidalgo, Nayarit, Coahuila, el Estado de México.

Y mientras todo se derrumba, nos dicen que lo importante es analizar los resultados electorales, las tendencias, las posibilidades. Llaman a aguantar hasta que sea el momento de tachar la boleta electoral, y de vuelta a esperar que todo se arregle y se vuelva a levantar el frágil castillo de naipes de la clase política mexicana.

¿Recuerdan que ellos se burlaron y atacaron el que desde el 2005 llamáramos a la gente a organizarse según sus propias demandas, historia, identidad y aspiraciones y no apostar a que alguien allá arriba iba a solucionar todo?

¿Nos equivocamos nosotros o ellos?

¿Quién en las principales ciudades se atreve a decir que puede salir con tranquilidad ya no en la madrugada, sino apenas anochece?

¿Quién hace suyo el “vamos ganando” del gobierno federal y ve con respeto, y no con miedo, a soldados, marinos y policías?

¿Quiénes son los que se despiertan ahora sin saber si van a estar vivos, sanos o libres al finalizar el día que comienza?

¿Quiénes no pueden ofrecer a la gente una salida, una alternativa, que no sea esperar a las próximas elecciones?

¿Quiénes no pueden echar a andar una iniciativa que realmente prenda localmente, no digamos a nivel nacional?

¿Quiénes se quedaron solos?

Porque al final, quienes van a permanecer serán quienes resistieron; quienes no se vendieron; quienes no se rindieron; quienes no claudicaron; quienes entendieron que las soluciones no vienen de arriba, sino que se construyen abajo; quienes no apostaron ni apuestan a las ilusiones que vende una clase política que tiene tiempo que apesta como un cadáver; quienes no siguieron el calendario de arriba ni adecuaron su geografía a ese calendario convirtiendo un movimiento social en una lista de números de credenciales del IFE; quienes frente a la guerra no se quedaron inmóviles, esperando el nuevo espectáculo malabarista de la clase política en la carpa circense electoral, sino que construyeron una alternativa social, no individual, de libertad, justicia, trabajo y paz.

IV.- LA ÉTICA Y NUESTRA OTRA GUERRA.

Antes hemos dicho que la guerra es inherente al capitalismo y que la lucha por la paz es anticapitalista.

Usted, Don Luis, ha dicho también antes que “la moralidad social constituye sólo un primer nivel, precrítico, de la ética. La ética crítica empieza cuando el sujeto se distancia de las formas de moralidad existentes y se pregunta por la validez de sus reglas y comportamientos. Puede percatarse de que la moralidad social no cumple las virtudes que proclama”

¿Es posible traer la Ética a la guerra? ¿Es posible hacerla irrumpir por entre desfiles castrenses, grados militares, retenes, operativos, combates, muertes? ¿Es posible traerla a cuestionar la validez de las reglas y comportamientos militares?

¿O el planteamiento de su posibilidad no es más que un ejercicio de especulación filosófica?

Porque tal vez la inclusión de ese “otro” elemento en la guerra sólo sería posible en una paradoja. Incluir la ética como factor determinante de un conflicto traería como consecuencia un reconocimiento radical: el contrincante sabe que el resultado de su “triunfo” será su derrota.

Y no me refiero a la derrota como “destrucción” o “abandono”, sino a la negación de la existencia como fuerza beligerante. Esto es, una fuerza hace una guerra que, si la gana, significará su desaparición como fuerza. Y si la pierde igual, pero nadie hace una guerra para perderla (bueno, Felipe Calderón Hinojosa sí).

Y aquí está la paradoja de la guerra zapatista: si perdemos, ganamos; y si ganamos, ganamos. La clave está en que la nuestra es una guerra que no pretende destruir al contrario en el sentido clásico.

Es una guerra que trata de anular el terreno de su realización y las posibilidades de los contrincantes (nosotros incluidos).

Es una guerra para dejar de ser lo que ahora somos y así ser lo que debemos ser.

Esto ha sido posible porque reconocemos al otro, a la otra, a lo otro, que, en otras tierras de México y del Mundo, y sin ser iguales a nosotros, sufren los mismos dolores, sostienen resistencias semejantes, que luchan por una identidad múltiple que no anule, avasalle, conquiste, y que anhelan un mundo sin ejércitos.

Hace 17 años, el 1 de enero de 1994, se hizo visible la guerra contra los pueblos originarios de México.

Mirando la geografía nacional en este calendario, nosotros recordamos:

¿No éramos nosotros, los zapatistas, los violentos? ¿No se nos acusó a nosotros de pretender partir el territorio nacional? ¿No se dijo que nuestro objetivo era destruir la paz social, minar las instituciones, sembrar el caos, promover el terror y acabar con el bienestar de una Nación libre, independiente y soberana? ¿No se señaló hasta el hartazgo que nuestra demanda de reconocimiento a los derechos y la cultura indígenas socavaba el orden social?

Hace 17 años, el 12 de enero de 1994, una movilización civil, sin pertenencia política definida, nos demandó intentar el camino del diálogo para resolver nuestras demandas.

Nosotros cumplimos.

Una y otra vez, a pesar de la guerra en contra nuestra, insistimos en iniciativas pacíficas.

Durante años hemos resistido ataques militares, ideológicos y económicos, y ahora el silencio sobre lo que acá ocurre.

En las condiciones más difíciles no sólo no nos rendimos, ni nos vendimos, ni claudicamos, también construimos mejores condiciones de vida en nuestros pueblos.

Al principio de esta misiva dije que la guerra es una vieja conocida de los pueblos originarios, de los indígenas mexicanos.

Más de 500 años después, más de 200 años después, más de 100 años después, y ahora con ese otro movimiento que reclama su múltiple identidad comunal, decimos:

Aquí estamos.

Tenemos identidad.

Tenemos sentido de comunidad porque ni esperamos ni suspiramos porque vinieran de arriba las soluciones que necesitamos y merecemos.

Porque no sujetamos nuestro a andar a quien hacia arriba mira.

Porque, manteniendo la independencia de nuestra propuesta, nos relacionamos con equidad con lo otro que, como nosotros, no sólo resiste, también se ha ido construyendo una identidad propia que le da pertenencia social, y ahora también le representa la única oportunidad sólida de supervivencia al desastre.

Nosotros somos pocos, nuestra geografía es limitada, somos nadie.

Somos pueblos originarios dispersos en la geografía y el calendario más distantes.

Nosotros somos otra cosa.

Somos pocos y nuestra geografía es limitada.

Pero en nuestro calendario no manda la zozobra.

Nosotros sólo nos tenemos a nosotros mismos.

Tal vez es poco lo que tenemos, pero no tenemos miedo.

Vale, Don Luis. Salud y que la reflexión crítica anime nuevos pasos.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Marcos.
México, Enero-Febrero del 2011

lunes, marzo 21, 2011

Lugares Comunes



La lucidez es un don y es un castigo. Está todo en la palabra: Lúcido viene de Lucifer, el Arcángel rebelde, el Demonio. Pero también se llama Lucifer el Lucero del Alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. Lúcido viene de Lucifer y de Lucifer viene Lux, de Ferous, que quiere decir ‘el que tiene luz, el que genera luz que permite la visión interior’. El bien y el mal, todo junto. La lucidez es dolor, y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez. El silencio de la comprensión, el silencio del mero estar. En esto se van los años, en esto se va la bella alegría animal. (Alejandra Pizarnik)

Lugares comunes es la undécima película de Adolfo Aristarain. Está basada en El renacimiento, novela de Lorenzo F. Aristarain y cuenta con un guión adaptado por Adolfo Aristarain y Kathy Saavedra.

martes, marzo 15, 2011

La difícil unidad de las fuerzas antisistémicas



Ahora que el sistema atraviesa serias dificultades para sobrevivir a mediano plazo, la actitud de las fuerzas antisistémicas empieza a jugar un papel decisivo. Mucho antes de pensar en alguna forma de unidad o de coordinación estable, debe constatarse que coexisten en el universo de quienes están por cambios de fondo una gama de diferencias que dificultan una mínima visión común de los hechos.

Un buen ejemplo es la actitud hacia la revuelta árabe y, muy en particular, el caso de Libia. Hay amplios sectores antisistémicos –o que dicen serlo– que simpatizan con Kadafi, observan la revuelta en su contra como una maniobra occidental y no dan mayor importancia a la masacre que el régimen está haciendo contra su propio pueblo. Una parte de este sector, y no me refiero sólo a algunos gobernantes, siguió con simpatía las revueltas triunfantes en Túnez y en Egipto, pero no así en aquellos países cuyos gobiernos tienen algún grado de enfrentamiento con Estados Unidos. Una hipotética revuelta popular en Irán, o en China, por ejemplo, no sería acompañada por amplios sectores que se entusiasman con revueltas similares en otros países.

Esta es apenas una de las múltiples contradicciones que atraviesan el campo anti imperial-capitalista. Todo indica que a medida que la crisis se vaya profundizando y las contradicciones se hagan más virulentas y complejas, las diferencias se harán mayores. Sin pretender agotar el tema sino apenas abrir un debate, parece necesario abordar cuatro aspectos en los que hoy se manifiestan hondas diferencias.

El primero es la actitud hacia el Estado. En el seno de los antisistémicos hay por lo menos dos posiciones contrapuestas: convertirse en Estado o rechazar ese camino para construir algo diferente. Parece evidente que la mayor parte de los movimientos están a favor de la primera opción, para la cual trabajan de modo consistente ya sea por la vía electoral o por la insurreccional o, más frecuentemente, combinando las dos. A medida que se profundiza la descomposición del sistema, parece crecer la oposición interna a los gobiernos progresistas y los alineados con el socialismo del siglo XXI, lo que tiende a reabrir un debate que iniciaron los zapatistas y algunos intelectuales en la década de 1990.

Los problemas que presenta este camino son evidentes y en esa coyuntura se hacen aún más nítidos. El riesgo de legitimar el orden mundial y de usar el aparato estatal para lo que realmente ha sido creado: controlar y reprimir a los de abajo.

La segunda cuestión ha sido planteada semanas atrás por Immanuel Wallerstein al destacar las diferencias entre quienes optan por el desarrollo y la modernidad y quienes llaman a un cambio civilizatorio, sobre todo los movimientos indígenas que apelan al “buen vivir”. Es cierto que este es un asunto crucial del cual depende el modo como se vaya a resolver la crisis sistémica, pero no está en absoluto separado de la primera opción.

Si las fuerzas que buscan cambiar el mundo optan por el camino estatal, esa lógica impone sostener el Estado del que se han hecho cargo y, en consecuencia, deben asumir el desarrollo y profundizarlo. Es lo que están haciendo los gobiernos sudamericanos a través del extractivismo. Los estados necesitan recursos urgentes e ingentes que sólo pueden conseguir cediendo territorios a la acumulación por desposesión, lo que inevitablemente choca con la resistencia de los pueblos indígenas, con campesinos y pobres urbanos.

En teoría, se puede argumentar, habría otros caminos desde el Estado. Pero los hechos dicen lo contrario. El resultado es una creciente polarización social y política, inherente al extractivismo, que hace que el Estado sea cada vez más Estado y las resistencias cada vez más porfiadas. Por el contrario, los que rechazan el camino estatal se han abocado a construir formas de poder rotativas, territoriales o no, que ya no responden a la familia de los estados-naciones.

El tercer problema se relaciona también con estas opciones. Las fuerzas antisistémicas pertenecen a dos grandes familias culturales: las que responden a la forma-Estado, como los partidos, y las que anclan su potencia en las diversas formas que asumen las comunidades. Éstas pueden ser las tradicionales comunidades indígenas renovadas y democratizadas, o bien comunidades urbanas y campesinas, pero siempre responden a otra forma de construcción.

En las coordinaciones entre estas fuerzas, por más flexibles y horizontales que sean, la cultura de la representación y la de la democracia directa suelen chocar y los entendimientos no son sencillos. Pero tienden a ser las organizaciones estadocéntricas –desde los partidos y las grandes centrales sindicales hasta las ONG– las que terminan apoderándose de los espacios comunes, monopolizando la palabra y convirtiéndose en representantes de la diversidad que, mal que nos pese, queda marginada.

No niego que en este terreno se ha avanzado bastante, que se ha conseguido construir espacios colectivos donde el respeto a la palabra y la identidad de los otros es incomparablemente mayor que antaño. Sin embargo, estamos ante una dificultad que debe ser debatida y no ocultada.

En cuarto lugar, está la cuestión de la ética. ¿Es posible compatibilizar Estado y ética? Para ser más preciso: ¿cómo se puede llevar ética a un tipo de relación, como la estatal, que separa rigurosamente medios y fines? El Estado es una relación instrumental, racional, vertical, una herramienta adecuada para mandar mandando que no puede mandar obedeciendo porque entraría en implosión, si es que su propio modo de hacer no lo impide por la fuerza.

En estos momentos tan cargados de esperanza que vivimos, asumir estos debates con serenidad supone aceptar los límites de ambas estrategias. Quienes apostamos a un camino no estatal sabemos que no estamos en condiciones, por el momento, de ir más allá de experiencias locales y regionales. Unos y otros nos necesitamos y podemos hacer juntos, a condición de colocar la honestidad y la ética en el timón de mando.

sábado, marzo 12, 2011

La Revolución Arabe, el Islam, el Imperialismo y la Izquierda latinoamericana


Fesal Chain
poeta, narrador y sociólogo chileno


1.- Introducción a propósito del artículo "Breve reflexión sobre las revueltas en el mundo árabe o la construcción social de realidad"

En dicho artículo explique que "la variable Islámica (para nosotros una variable, pero para el mundo árabe toda su cosmovisión) es fundamental". Y si es posible hablar de hipótesis, el planteamiento central fue que "el eje(...) de los levantamientos es la cosmovisión islámica no meramente contra las autocracias, sino contra toda forma que se aleja del Islam y de su preceptos genuinos (que es una evaluación dinámica de las masas y líderes islámicos que se levantan), esta evaluación incluye ciertamente a sus dirigentes (sean o no sean islámicos) y los modos occidentales de gobernar al interior de cada país árabe y obviamente los modos occidentales, imperialistas, colonialistas y europeizantes de Israel y sus aliados.

De esta manera "cualquier evaluación de los levantamientos en el mundo árabe no tiene una explicación occidental, desde la crisis económicas o desde las motivaciones de mayor o menos democratización al estilo occidental de los regímenes políticos, o desde la lucha de clases, sino desde la reacción profunda de los movimientos políticos y sociales islámicos que presionan a sus enemigos y adversarios internos y externos, en el primer caso fundamentalmente a adoptar las correcciones del modo de vida en todas las dimensiones de la vida y en el segundo caso, esencialmente como un movimiento de auto determinación de su cultura, como preservación de la autonomía contra la impuesta cosmovisión Neocon y Liberal".

2.- El Islam está presente

Bien, planteado lo anterior, he encontrado un artículo extremadamente clarificador de mi propio análisis en el Diario Página 12, escrito el Jueves 10 de Marzo por Norberto R. Méndez (1) , titulado El Islam está presente. En dicho artículo el autor plantea una cuestión importantísima para generar un marco explicativo de la Revolución Aŕabe, a partir de las características específicas de cada nación en la que las revueltas se suceden:

"...La información que brindan casi todas las redes de comunicación nos habla de la ausencia de factor religioso alguno entre los protagonistas de esta oleada democrática. Sin embargo, una mirada más atenta nos muestra que el Islam está presente bajo diferentes formas. (...) Podemos ver signos de esta presencia islámica, en su modo específicamente religioso y también religioso-político en cada uno de los países convulsionados.

(...) En Túnez, donde comenzó todo, el retorno del líder exiliado Rashid Al-Ghannoushi, fundador del partido islamista Ennahda (Renacimiento), fue celebrado por miles de partidarios. Ghannoushi ha declarado que su agrupación no busca establecer un estado islámico sino que el modelo turco de islamismo moderado.

(...) En Egipto, los Hermanos Musulmanes apoyaron la rebelión espontánea de los millones que determinaron el derrocamiento de Mubarak, aunque no puede decirse que fueron los impulsores de este movimiento de masas pero constituyen un factor insoslayable en cualquier ordenamiento político que resulte de esta pueblada, puesto que tienen un trabajo territorial entre las masas y los sectores medios bajos organizando clubes juveniles, centros de ayuda social, hospitales, organizaciones femeninas y culturales a pesar de la represión salvaje y el encarcelamiento de muchos de sus militantes. Están allí donde el Estado está ausente, desmantelado por las economías neoliberales.

El caso de Libia es muy revelador de la complejidad del Islam. Khadafi accedió al poder derrocando a la dinastía de la orden islámica Senussi, la cual a su vez había luchado bravíamente contra el invasor italiano a principios del siglo XX. El líder libio pretendió establecer una suerte de socialismo islámico al comienzo de su revolución, pero siempre persiguió a los políticos islamistas. Hoy sus opositores flamean la antigua bandera creada por la orden Senussi y gritan el característico Allahu Akbar (Dios es el más grande) cuando combaten contra las fuerzas oficialistas, pero no se definen políticamente como islamistas. Otra cuestión paradójico es que Khadafi acusa a la organización islamista Al Qaida de estar detrás de la insurrección, y la secretaria de Estado Hillary Clinton acusa a Khadafi de estar ligado a la misma organización islámica".


3.- Ahondando en el caso Libio

Teniendo como marco explicativo "que el Islam está presente bajo diferentes formas" en la Revolución Árabe y considerando el ánalisis de Norberto R. Méndez en el caso Libio que: "Khadafi accedió al poder derrocando a la dinastía de la orden islámica Senussi, la cual a su vez había luchado bravíamente contra el invasor italiano a principios del siglo XX. El líder libio pretendió establecer una suerte de socialismo islámico al comienzo de su revolución, pero siempre persiguió a los políticos islamistas", el problema, insisto, es entender las claves internas del conflicto y no hacer, por ejemplo, un análisis mecánico desde el modelo de la Guerra Fría o del modelo de intervención en Iraq.

El problema en Libia no es el Imperialismo como causa, sino la construcción por parte de Gadafi de una casta dirigencial aliada de Occidente y de un modelo que hace muchísimo que no es panarabista ni socialista, sino que promueve el el libre mercado y la intervención extranjera en Libia desde la inversión extranjera, y que el levantamiento en Libia es de los sectores islámicos, contra esas castas de dirigentes y ese proyecto occidentalista.

Que el Imperialismo europeo, norteamericano y sionista, comiencen a construir a su vez estrategias para incidir en la resolución del conflicto es evidente, cada vez que existen contradicciones internas de tal envergadura el Imperialismo tratará de imponerse. Pero no es el Imperialismo el que "generado" tal revuelta.

Desde la perspectiva islámica en Libia: "Khadafi es el enemigo de Dios" dicen las masas sublevadas, es decir eso significa para los que quieran entender dicha cosmovisión, que es enemigo de las Normas personales, comunitarias, sociales y económicas del Corán y de las Sunas del Profeta, es decir de la Chariaa, del modo de corrección de vida, de la justicia social , de la igualdad y del buen gobierno y que ha traicionado y se ha alejado de su pueblo.

El conflicto entonces es tripolar. Es preciso entender en Libia y en el mundo árabe que la lucha es entre las masas islámicas aliadas a muchos grupos pro democracia y justicia social contra las autocracias, alejadas del pueblo o tiranizándolo. Y que además en esta lucha el Imperialismo desea ganar y dominar.

3.1 En relación al Imperialismo

Evidentemente el imperalismo tampoco es el mismo de la Guerra fría y de la época de Bush padre, es mucho más sofisticado y su intromisión en el mundo árabe, hoy después de Bush hijo y el 11S, configura una injerencia a través de los procesos internos, no a rajatabla como el caso de Iraq y Afganistán. De hecho no es lo mismo anular el espacio aéreo que es un acto de guerra a intervenir con tropas masivas en terreno libio , esa distinción es fundamental aún cuando lo primero es también una expresión de la injerencia. No es un Imperialismo "bondadoso" sino uno que trabaja en función de las nuevas realidades, no así la Izquierda latinoamericana tradicional, que sigue en la lógica de la lucha colonial y paralelamente defiendo modelos autocráticos como el Libio, por intereses políticos, de defensa del modelo económico que representa y comerciales. De esta manera, la lucha teórica de esa izquierda con respecto al fenómeno libio, esta retrasada y a la vez fuertemente influida por dichos intereses.


4.- Fidel Castro y la izquierda latinoamericana

El punto es que estamos inmersos en un cambio civilizacional tal cual fue la caída de los comunismos, donde el islam y las masas árabes han comenzado a despertar de su "largo sueño embrutecedor".

De esta manera, quedarse suspendido en el Gadafi de las décadas del 70 y 80 es un retraso analítico por parte de Castro. De hecho en su primer texto afirma que: "La Revolución Libia tuvo lugar en el mes de septiembre del año 1969. Su principal dirigente fue Muammar al-Gaddafi, militar de origen beduino, quien en su más temprana juventud se inspiró en las ideas del líder egipcio Gamal Abdel Nasser. Sin duda que muchas de sus decisiones están asociadas a los cambios que se produjeron cuando, al igual que en Egipto, una monarquía débil y corrupta fue derrocada en Libia. (...) Lo que para mí es absolutamente evidente es que al Gobierno de Estados Unidos no le preocupa en absoluto la paz en Libia, y no vacilará en dar a la OTAN la orden de invadir ese rico país, tal vez en cuestión de horas o muy breves días".

Pero Castro es un hombre inteligente y aún muy lúcido y sabe perfectamente que es un pobre argumento que el levantamiento libio es un montaje del imperialismo para controlar el petróleo. Pues hace décadas que Gadafi se había ganado la confianza de los centros de negocios del mundo para que las multinacionales invirtieran en su país. Europa no requería generar una guerra civil en Libia pues estaba explotando el petróleo libio en las más óptimas condiciones de inversión.

Por ello que no pudo sino hacer un segundo análisis donde justamente sitúa a Gadafi en el eje del Capitalismo de Estado. Lo dice textual: "Es un hecho irrebatible que las relaciones entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN con Libia en los últimos años eran excelentes, antes de que surgiera la rebelión en Egipto y en Túnez. En los encuentros de alto nivel entre Libia y los dirigentes de la OTAN ninguno de estos tenía problemas con Gadafi. El país era una fuente segura de abastecimiento de petróleo de alta calidad, gas e incluso potasio. Los problemas surgidos entre ellos durante las primeras décadas habían sido superados. Se abrieron a la inversión extranjera sectores estratégicos como la producción y distribución del petróleo. La privatización alcanzó a muchas empresas públicas. El Fondo Monetario Internacional ejerció su beatífico papel en la instrumentación de dichas operaciones"

A mi juicio entonces, Castro sólo habla, por una parte, desde la Guerra Fría, y por otra, desde sus intereses políticos y comerciales. Es decir desde una mirada bipolar y desde la defensa de un modelo y organización política que es la que quiere generar en la Cuba de Raúl, donde bastaría con que un régimen mantenga altas tasas de crecimiento y de redistribución, con altas tasas de inversión extranjera y convenios internacionales para ser legítimo frente a su pueblo.

En relación a lo propiamente comercial, todos sabemos que Venezuela es un soporte de gran importancia para Cuba hoy, y que para Castro de modo indirecto, Libia es un fuente de apoyo fundamental. Para aclarar este punto basta con entender que: "En el último viaje del presidente Chávez a Libia, en octubre de 2010, se suscribieron 10 acuerdos, en el que resalta un fondo de cooperación bilateral por 1.000 millones de dólares, a ser creado por partes iguales entre los firmantes. Además del acuerdo energético, (...) existen un acuerdo de transporte marítimo y otro aéreo (...) ; un convenio sobre agricultura (en (...) ganadería de carne, leche, arroz y turismo ecológico en el hato Piñero). También se suscribió un memorando de entendimiento para cooperación comunicacional entre la Nueva Televisión del Sur y el Instituto General de Radio y Televisión de la Gran Yamahiria; otro para la cooperación interinstitucional y educativa; un convenio de becas con la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho y la Escuela de Estudios Superiores de Trípoli; y un acuerdo para crear un grupo bilateral para complementación en industrias básicas y minería, manufactura y agricultura y comercio". (2)

Por todo lo anterior la izquierda latinoamericana, comandada aún por Castro, y por el propio Chávez, apoya el régimen de Gadafi. Porque cree que Gadafi es un modelo de acción política, económica y comercial . Y no lo es. Como tampoco Fidel, Raúl y la gerontocracia lo son para una buena parte del pueblo cubano. Y eso toda la izquierda lo sabe pero no lo dice.



Notas:
(1) Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires.
(2) Fuente: El 30 de diciembre de 2010 fueron publicados en la Gaceta Oficial Extraordinaria No. 6.071 los 10 acuerdos suscritos por el presidente Chávez en su viaje a Trípoli, el 23 de octubre; y el 31 de diciembre de 2010 en la Gaceta Oficial, el Artículo 5 de la Ley Aprobatoria del Acuerdo de Cooperación Energética entre Venezuela y Libia.

domingo, marzo 06, 2011

Para un Islam del Siglo XXI

Vemos este texto como una especie de ‘resumen’ de la labor de Roger Garaudy a lo largo de los años, una especie de testamento para el siglo XXI. Creemos por ello que merece una atención muy especial, una lectura profunda. Su lenguaje sosegado no puede ocultar un grito latente lanzado a todos los musulmanes: ¡volved al Corán!, ese grito una y otra vez repetido a lo largo de este siglo, y que se ve velado por aquellos que ponen los libros de jurisprudencia por encima de la Palabra revelada. El Corán nos da las claves para volver a pensar en el sistema de gobierno islámico aquí y ahora, en un sistema judicial aquí y ahora: “Sin imitación del Occidente. Sin imitación del pasado”.

Por Roger Garaudy.
El Islam del siglo XXI no puede ser más que el Islam eterno, pues el Islam no es una religión entre otras, sino la religión fundamental y primera desde Adam hasta nosotros, desde que Dios, como dice el Corán:
“...insufló en el hombre Su espíritu.” (Corán, 25-29)

No hay un Islam de Occidente y un Islam del África Negra, ni de Arabia ó la India, ni un Islam de Indonesia. No hay más que un sólo Islam, aquél que el Corán denomina “la sunna de Dios”, la continuidad de las revelaciones proféticas en el último mensaje, el de Muhámmad.

Nuestra tarea primordial es la de atestiguar nuestra creencia islámica viviéndola en su universalidad, y no la de defender un folklore y unas tradiciones culturales particulares.

El profeta Muhámmad jamás pretendió crear una religión nueva —“No soy un innovador entre los profetas”. (46, 9; 41, 43; etc.)— sino que viene a recordar a todos los hombres la religión primordial:
“Así pues, dirige tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne, como hanif, conforme a la disposición natural que Dios ha infundido al hombre: pues no permitir que ningún cambio corrompa lo que Dios ha creado así, tal es el propósito de la fe verdadera y perenne; pero la mayoría de la gente no lo sabe.”(Corán: 30-30)

“Decid: Creemos en Dios, en lo que nos ha sido revelado, en lo que le fue revelado a Abraham, a Ismail, a Isaac, a Jacob, y a las tribus. Creemos en lo que le fue dado a Moisés, a Jesús, y a lo que se le otorgó a los Profetas de su Señor. No hacemos distinción alguna entre ellos y lo someternos a Dios.”(Corán: 2-136; 3-84)

El profeta Muhámmad ha sido enviado por Dios para confirmar los mensajes anteriores, purificándolos de las alteraciones históricas a las que han sido sometidos, y completarlos.

Se exige al musulmán que honre a los profetas anteriores, lo que implica el conocimiento de ellos. Así lo dice el Corán:
“Si tienes duda sobre aquello que te hemos revelado, pregunta a los que leían la Escritura revelada con anterioridad a ti”.(Corán: 10-94)

Nuestra fe se verá empobrecida si la proclamamos como la mejor ¡simplemente porque ignoramos las restantes! El encerrarnos en nosotros mismos, la vanidad y la autosuficiencia son, actualmente, los obstáculos mayores para la difusión del Islam en el mundo no musulmán.

El mensaje esencial y universal del Islam, denominador común de todas las religiones y de todas las sabidurías del mundo, abarca lo siguiente:
— De la trascendencia y unidad de Dios.
— De la comunidad de los hombres.
— De su responsabilidad.

De la trascendencia

La trascendencia implica las afirmaciones siguientes:
1. La seguridad de que Dios es único —Tawhid:
“Si existieran más dioses que Dios, sería el caos” (Corán: 21-20). Y qué está por encima de toda realidad humana
2. Que Él es el Creador de todas las cosas y, en consecuencia, que no nos bastamos con nosotros mismos:
“El hombre se vuelve un ser impío en cuanto se considera autosuficiente”.
(Corán: 96-6,7)
3. De este principio de unidad y de esta conciencia de nuestra ‘dependencia’ del Dios Creador —siendo la autosuficiencia lo contrario de la trascendencia— fluye el tercer aspecto de la fe en la trascendencia: el reconocimiento de los valores absolutos que están por encima de los intereses egoístas de los individuos, de los grupos y de las naciones.

De la comunidad de los hombres

La segunda revelación del mensaje es, después de la trascendencia, la comunidad (Ummah). El principio comunitario es contrario al que rige el individualismo. Para éste, el hombre como individuo es el centro y la medida de todas las cosas.

En la perspectiva islámica de la comunidad, cada cual tiene conciencia de ser personalmente responsable de todos los demás. La humanidad es una porque Dios, su Creador, es uno. Todos los hombres tienen el mismo origen y son creados para el mismo fin:
“Todos los hombres constituyen una misma comunidad”. (Corán: 2-213).

De su responsabilidad

La tercera revelación del mensaje, después de la trascendencia y la comunidad, es la responsabilidad. El Islam es contrario al fatalismo y a la resignación. Es una fuerza subversiva e innovadora porque incluye únicamente sumisión a la voluntad de Dios y hace que el hombre sea responsable del cumplimiento de la orden divina sobre la tierra.

Todo en la naturaleza está sometido a la ley de Dios, es ‘muslim’ (musulmán quiere decir “sometido a Dios”): una piedra en su caída, un árbol en su crecimiento, un animal en sus instintos, están sometidos a la ley de Dios:
“Nuestro Señor es el que ha dado a cada cosa su forma y su ley, y la ha guiado hasta su pleno desarrollo.”(Corán:77-1,3)
Sólo el ser humano tiene el terrible privilegio de poder desobedecer:
“Hemos propuesto este mandato —ámana— [de la fe, de la libertad y, por tanto, de la responsabilidad] a los Cielos, a la tierra, y a las montañas, pero todos se han negado a asumirlo; tuvieron miedo. El hombre, en cambio, se hizo cargo. Es, ciertamente, muy impío, muy ignorante.”(Corán: 33-72)

Si se convierte en ‘musulmán’, es decir, si responde incondicionalmente a la llamada de Dios, según el ejemplo de Abraham, “el Padre de la fe” (Corán: 22-78), mediante la aceptación de ser guiado por Dios, lo hace por un acto voluntario, libre y responsable.

Por eso Dios hace que los ángeles —los cuales no tienen poder de desobedecer— se inclinen ante él. (Corán: 2-34)

“Cuando haya insuflado en él de Mi Espíritu, prosternáos ante él.”
(Corán: 25-29; 32-9; 38-72)

Cuando en el Corán se dice ‘no’ a la enemistad en materia religiosa —2-256— no se trata únicamente de excluir la enemistad física, militar o policial, sino también toda inquietud interior, espiritual; el Corán subraya:
“La verdad emana de vuestro Señor, así pues el que quiera que crea y el que no, que permanezca incrédulo”(Corán: 28-290)

También Dios dice:
“Le hemos mostrado el camino justo, que lo acepte con agradecimiento o que lo rechace.”(Corán: 76-3)

Dios, nos dice el Corán, ha hecho del hombre su jalifa en la tierra. Un jalifa no es un ejecutante subalterno y pasivo, sino un dirigente responsable, encargado de tomar decisiones. Esta función no es privilegio de algunos: es la tarea de todo musulmán:
“Vosotros los creyentes, sois responsables de vosotros mismos.”
(Corán: 5-105)

La quiebra de una civilización

Proclamar “Allahu Akbar” —Dios es el más Grande— es relativizar todo poder, toda riqueza y todo saber. Ante este grito de fe, hemos visto bajar las armas de las más insolentes armadas.

La necesidad de este mensaje expresa hoy la más evidente quiebra espiritual del Occidente. Miles de hombres y mujeres en todo el mundo que aman el futuro, sea cual sea su fe, se dan cuenta de que la civilización ha caído en quiebra, y de que abandonarse a sus embates conduce a un suicidio planetario.

La deuda de los países del llamado Tercer Mundo se agrava de año en año, y la separación no cesa de acrecentarse: el Norte siendo cada vez más rico y el Sur cada vez más pobre.

Después de cinco siglos de hegemonía sin tregua de Occidente en el mundo entero, no podríamos imaginar una gestión planetaria más desastrosa.
La causa profunda de esta política del Occidente —desde lo que denomina su ‘Renacimiento’, es decir, desde el nacimiento simultáneo en la Europa del siglo XVI del capitalismo y del colonialismo— es el abandono de la fe y su sustitución por la voluntad de poder.

A partir del momento en que una comunidad no reconoce unos valores definidos para encauzar la acción, ya no le queda más que los enfrentamientos entre las voluntades de poder, de placer y de crecimiento. Es la guerra de todos contra todos.

Occidente se encuentra en esta situación. Su verdadera religión es la fe ciega en un dios escondido: el acrecentamiento, es decir, el deseo de producir más y más, y cada vez más deprisa, no importa qué cosa sea: útil, inútil, nos sirva o sea mortal como el armamento, que es una de sus industrias más rentables. Este dios escondido es un dios cruel: exige sacrificios humanos.

Lo que caracteriza al culto de este falso dios, es que prima la capacidad del hombre sobre la trascendencia de Dios, y el individualismo sobre la comunidad.

La ‘presunción’ del hombre está proclamada, desde el Renacimiento, en el Fausto de Marlowe: “Hombre: por tu poderoso cerebro, conviértete en un dios, dueño y señor de todos los elementos”.

El individualismo es la vuelta, desde el pretendido ‘Renacimiento’, a la máxima de los sofistas de la antigua Grecia: “El hombre es el centro y la medida de todas las cosas”.

Esta quiebra de civilización ha engendrado una cultura de la desesperanza. Los falsos profetas de la nada y del absurdo reflejan este caos como si fuera inevitable y eterno, en lugar de intentar superarlo; enseñan a nuestra juventud que la vida no tiene sentido.

Si la vida no tiene sentido, todo es lícito, hasta el crimen. Y nos entregamos a todas las violencias animales entre los individuos, los grupos y las naciones: el “equilibrio de terror” se convierte en la ley de estas relaciones bestiales entre los hombres, en todos los niveles de la vida social.

La negación del sentido de la vida y de la existencia de los valores absolutos ha hecho de la ciencia y de la técnica, admirables medios al servicio del hombre, unos fines en sí mismos, tratando de hacernos creer que la ciencia y la técnica pueden resolver todos nuestros problemas, y que los problemas que ellas no resuelven —los del amor, de la belleza, del sentido de la vida— no existen.

Esta “religión de medios”, erigiendo unos medios para sus propios fines —creando falsos dioses; ciencia, técnica, estado, dinero, sexualidad, desarrollo— ha creado un nuevo politeísmo y nuevas supersticiones, ha transformado la ciencia en positivismo, la técnica en tecnología, la política en maquiavelismo.

El problema fundamental es, pues, devolver al hombre sus dimensiones propiamente humanas: la fe en la trascendencia, en Dios, en la comunidad humana, y la conciencia de nuestra responsabilidad personal.

El Islam como alternativa

Decir que el Islam puede hoy aportar soluciones a los problemas planteados por la quiebra de la hegemonía occidental no significa:
—Que pueda llevarlo a cabo solo.
—Que guarde soluciones preparadas para los problemas de nuestro tiempo.
Por el contrario, los dos principales obstáculos para el florecimiento del Islam contemporáneo son:

a) La presunción y la ignorancia de los otros. El Islam temprano, el del primer siglo de la Hégira, se extendió en menos de un siglo desde el Indo a los Pirineos, no por la conquista militar, sino porque supo integrar a todas las grandes culturas anteriores y extraer una síntesis inédita, creadora, y porque millones de creyentes de todas las religiones se han identificado con él. El Islam sólo puede reemprender su marcha mediante la apertura a todas las sabidurías y a todas las creencias que pueda reunir.

b) El triunfalismo, la presunción mortal de poseer respuestas hechas, formuladas mil años atrás por sus juristas y sus tradiciones.
Decir que el Corán “no ha omitido nada” es decir que nos ha dado un sendero eterno, que ha definido los últimos y absolutos fines de nuestra acción. Lo que no excluye la responsabilidad, para el hombre, de descubrir en cada época, en condiciones siempre nuevas, los medios de realizar estos fines.

Tratar de deducir del Corán o de la Sunnah una economía política acabada, una constitución política, o una enciclopedia sería reducir de forma ridícula el mensaje eterno a unas instituciones o teorías transitorias y coyunturales.

El mensaje revelado nos aporta infinitamente más: los fines, los principios rectores eternos, inmutables, encaminando nuestra vida interior y todas nuestras acciones, públicas o privadas; para elaborar, en cada época, por medio de su interpelación siempre nueva, las respuestas a los problemas de la economía, la política y la cultura contemporáneas.

Estos principios son simples:
—en el plano económico: sólo Dios posee;
—en el plano político: sólo Dios gobierna;
—en el plano cultural: sólo Dios sabe.
Sólo Dios posee
“Todo lo que está en el cielo y en la tierra pertenece a Dios” dice el Corán (Corán: 2-116,284; 3-109, etc.).

El hombre, su jalifa sobre la tierra, está encargado de dirigir, en el camino de Dios, esta propiedad.

Esta concepción es opuesta a la del derecho romano que define la propiedad como “el derecho de utilizar y de abusar”.

Para el musulmán, por el contrario, los deberes son anteriores a los derechos.

El hombre, responsable de la propiedad de Dios, no puede disponer de ella a su gusto: no puede destruirla según su capricho, no puede gastarla, no puede dejarla en baldío, sin darle productividad por su trabajo, no puede amontonarla:
“Anuncia un doloroso castigo a los que atesoran el oro y la plata sin gastar nada en el camino de Dios.”
(Corán: 9-34)
Y la peor maldición, en el Corán, es la formulada contra el rico Abu Lahab, al cual su misma fortuna le condena: “que sus dos manos mueran, y que muera él mismo”, y es prometido a las llamas infernales (Sura 111).

Todas las prescripciones del Corán, particularmente el zakat, transferencia social de la riqueza como exigencia religiosa, y la prohibición del riba, es decir, de todo enriquecimiento sin trabajo al servicio de Dios, tienden a impedir la acumulación de la riqueza en un polo de la sociedad y de la miseria en el otro.

Dios, en el Corán, excluye radicalmente todo régimen social en el cual el dinero sea el fundamento de una jerarquía política. Por el contrario, dice sin lugar a dudas:
“Cuando queremos destruir una ciudad... hacemos a los ricos detentadores del poder.”(Corán:17-16)

Sólo Dios gobierna

El Profeta creó en Medina una comunidad de un tipo radicalmente nuevo, que no está basada en el linaje, ni en la raza, ni en la posesión de un territorio, ni en unas relaciones de mercado, ni siquiera en una cultura común o en una historia; en definitiva, que no se fundamenta sobre nada que emane del pasado y que sea una herencia recibida, sino que crea una comunidad fundada exclusivamente en la fe, en esa respuesta incondicional a la llamada de Dios, cuyo ejemplo eterno nos lo ha dado Abraham. Tal comunidad está abierta a todos, sin considerar el origen.

Nada, por ejemplo, es más contrario al espíritu de esta Ummah musulmana que la idea occidental del nacionalismo, es decir, de un mercado protegido por un Estado, y justificado por una mitología racial, histórica, o cultural. Se tiende hacer de la “nación” un fin en sí, en contradicción con la unidad humana, que es un caso particular del tawhid, llave de la bóveda de toda visión islámica del mundo.

Así mismo el principio coránico de la shura, de la concertación, exige que en todo dominio y a todos los niveles, los miembros de la comunidad sean consultados para participar, bajo la mirada de Dios, en la elaboración y en la aplicación de las decisiones de cuyo destino depende. Este principio excluye a la vez todo el despotismo de un hombre, de una clase o de un partido, así como toda forma de democracia puramente estadística, delegada y alienada.

Con respecto a la economía, nos atañe descubrir los medios para alcanzar estos fines, para aplicar estos principios inevitables en las condiciones históricas inéditas de nuestras sociedades, combatiendo el positivismo tecnocrático, el maquiavelismo político, los enfrentamientos nacionalistas arcaicos y perversos, los intercambios desiguales, la polarización de los bloques, y los equilibrios del temor.

Sólo Dios sabe

Al mismo tiempo que del triunfalismo esterilizador, debemos guardarnos de la ilusión de que se pueda encontrar en el pasado, sin esfuerzo de reflexión y de búsqueda, unas soluciones económicas para resolver nuestros problemas actuales, o bien una constitución política resuelta.

Sería pueril reducir el Corán a una Enciclopedia, dispensando el esfuerzo encarnizado de búsqueda científica y técnica que hizo del mundo islámico el centro radiante de la cultura mundial en tiempo de la Universidad, esfuerzo de traducción y de asimilación de todas las grandes culturas del pasado, de Grecia y de Roma, de Persia y de la India, según la obligación islámica de ir a buscar la ciencia hasta en la China. De ese esfuerzo nació una síntesis original y una cultura orientada por la fe.

El principio de base es que, al igual que sólo Dios posee, sólo Dios gobierna y sólo Dios sabe. Esto excluye la pretensión faraónica de usurpar el poder de Dios, o la ilusión de conservar un saber adquirido, absoluto, alcanzando un conocimiento de las causas primarias y de los últimos fines.

El ejemplo de la Universidad Musulmana de Córdoba en el siglo X constituye, bajo este punto de vista, un modelo a través del cual hacer revivir el espíritu para desarrollar, en nuestra época, las ciencias de tal forma que no sirvan para la destrucción del hombre, sino para su expansión hacia el camino de Dios.

En esta Universidad Musulmana de Córdoba, de los siglos X al XIII, floreció la cultura en su forma total bajo tres aspectos:
— La ciencia: creando un método experimental para descubrir las relaciones entre las cosas y la interrelación de las causas.
— La Sabiduría: como reflexión sobre el sentido de cada cosa, de su relación con Dios, en un mundo armonioso y único, donde la vida tiene una significación y una meta.
— La fe: como testigo de que la ciencia no alcanza jamás la causa primera, ni la sabiduría el último final. La fe como conciencia de nuestros límites y de nuestros postulados. La fe como razón sin fronteras.

Tal concepción de la ciencia y de las técnicas permitiría hoy, y es lo que le da su actualidad, impedir que nos conduzcan a un suicidio planetario.
¿Cómo trabajar en este renacimiento del Islam?

Primeramente aprendiendo a leer el Corán, la “sunna de Dios”, y la del Profeta, tal y como el Corán nos ordena leerlo:
—No leer el Corán ni la Sunna con ojos de muerto.
—Dios ha dictado el Corán. Ha inspirado al Profeta.

Son hombres, sin embargo, los que han escuchado e interpretado la “Sunna de Dios” y del Profeta. Hombres de fe y juristas pertenecientes a una época determinada de la historia. Nos apartamos de los estudios con respeto y con toda nuestra fe, con el deseo de resolver, según su ejemplo, nuestros problemas inspirándonos en unos métodos ideados para vivir el Corán en el nuevo imperio árabe, es decir, en unas condiciones históricas profundamente diferentes a las de la comunidad de Medina.

No debemos dividirnos entre musulmanes tomando parte en querellas de otras épocas. Aquellos que actualmente dividen a los sunnitas de los chiítas son enemigos de todos los musulmanes. Pues no existe más que un Islam.
No debemos tomar partido entre las escuelas jurídicas, porque cada una de ellas ha intentado resolver los problemas de otros tiempos y de otros pueblos. Su tarea no era la de resolver los nuestros, ni la de eludirnos de esta responsabilidad.

El Profeta Muhámmad ha aportado un mensaje eterno y universal, dirigiéndose a todas las familias de la tierra.

Está dicho en el Corán “Dios está presente en cada realidad nueva” (IV, 29). Y “no cesa de crear” (XXXV, 1). “Es el Viviente” (II, 255). No se dirige a seres muertos: debemos responder a esta interpelación eternamente viviente.
— Sin imitación de Occidente.
— Sin imitación del pasado.

Consiste en imitar al Occidente desligar del Corán 220 versículos legislativos de entre más de 6.300, tratándolos según los métodos juristas romanos, es decir, tomarlos literalmente como artículos de leyes y deducir mecánicamente su aplicación, cualquiera que sea la época y la circunstancia.

La revelación del Corán es opuesta al derecho romano. El derecho romano anuncia leyes abstractas de donde no queda más que deducir, por vía de silogismos, a la manera de Aristóteles, las consecuencias aplicables a tal o cual caso concreto.

La revelación del Corán nos da ejemplos concretos de soluciones aportadas a un problema histórico determinado a partir de unos valores absolutos, de los principios inevitables y eternos emanados del mensaje.

Dios nos dice:
“Hemos propuesto a los hombres, en este Corán, toda clase de ejemplos. Probablemente reflexionarán” (Corán, 39-27).

Esta “reflexión sobre los ejemplos” no debe ser una deducción mecánica, una caída del principio a sus consecuencias, sino, al contrario, una elevación, a partir del ejemplo histórico concreto, al principio eterno, absoluto, que ha inspirado esta solución y, después de haber reflexionado, volver hacia lo concreto para encontrar, por analogía, una respuesta a un problema histórico nuevo, inédito.

lunes, enero 24, 2011

Mercedes Sosa - Todo cambia


‎"Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. (...) Y así como todo cambia. Que yo cambie no es extraño. (...) Pero no cambia mi amor, por mas lejo que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor, de mi pueblo y de mi gente. (Julio Numhauser)

viernes, enero 21, 2011

Una crítica a la izquierda a partir de una crítica a las Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo de V.I. Lenin


Por Fesal Chaín.

Nos dice Lenin: “El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

(…) Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach.

(…) La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo; Marx prosiguió su obra; demostró estrictamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción. (…) El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.

La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx.

(…) Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la “libre” sociedad capitalista, en seguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, aparecieron inmediatamente diversas doctrinas socialistas. Sin embargo, el socialismo primitivo era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.

Pero el socialismo utópico no podía indicar una solución real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, no podía descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad. “(1)

Sucinta explicación filosófica de por qué la izquierda mundial y chilena, se han convertido en co-partícipe de la dirección política de la dominación financiera.

Como una consideración general, si el marxismo proviene de la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés, aun cuando ha querido superar estas tres fuentes y tres partes integrantes, ha vuelto una y otra vez a ellas, bajo la forma de la socialdemocracia. Esto significa que no necesariamente lo nuevo nace de lo viejo, sino que muchas veces, lo nuevo vuelve a lo viejo, pues lo contiene. Esta es un sucinta explicación filosófica de por qué la izquierda mundial y chilena, se han convertido en co-partícipe de la dirección política de la dominación financiera.

Primero, porque considera que la filosofía idealista es posible de invertir, es decir sólo puede invertir aquella para elaborar una filosofía propiamente materialista. No realiza así una propuesta que no provenga del idealismo. No considera por ejemplo lo que otros filósofos posteriores a Lenin establecieron como el modo de vida, y no solo el modo de producción de la vida. Los componentes bio-psico sociales, la identificación con el mundo como el habitar de una comunidad desde un modo determinado.

Segundo, porque considera la teoría del valor de Ricardo y a partir de ella que la plusvalía convertida en ganancia privada, producto del trabajo social es la piedra angular de las contradicciones y diferencias sociales o lucha de clases. Al partir de la teoría económica clásica liberal, tampoco desarrolla una economía política totalmente autónoma del liberalismo. Así jamás considera la usura, es decir el préstamo y los intereses de los préstamos ya sea como sistema bancario o inversión extranjera, como lo central de la reproducción del capital, que deviene en financiero, dominante hoy.

Finalmente, se sitúa como la superación del socialismo francés, pero nuevamente se desarrolla a partir de él, no elaborando un socialismo también autónomo de la condena, la maldición, el sueño, la destrucción, y la imaginación de un régimen superior. Así se hace depositario de la Revolución Francesa, del Iluminismo y del dominio de la razón como valores y programas anteriores a la acción, o como razón instrumental sujeta a fines, ya sea políticos o económicos.

No desarrolla así una teoría y una acción de los deseos pre-conscientes, de la emoción como motor de la voluntad de cambio, a partir de la identidad como comunidad asentada en lo realmente habitable. Dicho de otro modo y parafraseando a Bourdieu, construye una clase y una fuerza social sujeta a la dirección de los jefes político-militares, pero no investiga o busca en la población una fuerza social anterior a la construcción utópica propia y sobre todo anterior al sueño de los propios jefes.

De esta manera el marxismo y el leninismo no pueden ser situados como una teoría y acción totalmente redentora del mundo, es decir completamente divorciada del liberalismo como tradición pragmática.

(1) V. I. Lenin: Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo: Versión realizada sobre la base de diversas ediciones en lengua castellana y confrontada con el original ruso.