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Nosotras pensamos que el tema está mal planteado de raíz. Partimos diciendo que el aborto es una agresión al cuerpo de la mujer, una agresión GRAVE. Es como si hicieras un ataque en toda regla a tu cuerpo y en ese sentido es en el que muchas anarco-feministas estamos en contra del aborto. El aborto, al margen de cuestiones de conciencia, no es un método anticonceptivo ni una forma de control de natalidad. Es un remiendo que a veces tenemos que tomar las mujeres, pero no una solución al problema de los embarazos que no queremos.
Una es el culpabilizar a la mujer de un hecho que "tiene" que tomar en un momento dado, por diversas cuestiones en donde el juzgar no viene al caso, y otra diferente es decir que el aborto es una panacea. En los países comunistas (el antiguo bloque del este) el aborto era un recurso que se tomaba casi por obligación (por imposición estatal) en muchos casos y era usado como método anticonceptivo con graves secuelas físicas para las mujeres que abortaban.
En China las mujeres abortan porque el Estado les obliga si tienen más de un hijo; en América muchas mujeres indígenas son obligadas a abortar o son esterilizadas en nombre del progreso.
El aborto se tiene que hacer en las condiciones higiénicas necesarias. PERO NO NOS ENGAÑEMOS. Cuando a los Estados les interesa controlar la natalidad el aborto es libre y gratuito. Si les conviene que tengamos más hijos se promociona la natalidad. Por tanto sería bueno cuestionarnos si acaso en un régimen de cierta igualdad (donde nosotras no logramos vislumbrar un Estado) la cuestión funcionaría de la misma forma, y de si el aborto sería tan solicitado.
Tendríamos que ser nosotras mismas las que conociéramos nuestro propio cuerpo y las que controláramos todo el proceso. Por eso insistimos, no nos engañemos, la cuestión de la natalidad está incluida dentro de ese llamado "nuevo orden mundial" y el aborto forma parte de ese entramado. Dicen que muchos países son pobres por el exceso de natalidad, porque tienen muchos hijos y cuando les contestas que Holanda multiplica por mucho el número de habitantes por km2 de Bolivia no contestan. Nos están engañando y vosotras y vosotros caéis en la trampa.
No reivindicamos el aborto libre y gratuito. Reclamamos el control de la mujer sobre su propio cuerpo, DE VERDAD. Y dentro de eso el aborto nos figura como recurso último, sabiendo concientemente que estoy agrediendo gravemente a mi misma. El aborto no es una solución, sólo es un parche. Y nosotras no apostamos a los parches.
Anarco-Feministas de España
Por Natalia Ginzburg.
[Natalia Ginzburg fue una novelista, ensayista y dramaturga italiana].
Hace unos días hubo una persona que habló del aborto con palabras serias y verdaderas. Fue Franco Rodano, en un artículo aparecido en un diario el 28 de enero. El artículo se titula "Aborto y clericalismo". Es un artículo muy bello y civil; uno de los más bellos y civiles que he leído en los últimos tiempos.
Pienso que el tema del aborto es quizás el tema más complicado, delicado y triste que existe, una zona donde es muy difícil moverse. Cuando Franco Rodano habla del aborto en su artículo nos hace respirar aire puro, porque habla de ello con un gran respeto humano y una gran seriedad.
Yo estoy a favor de la legalización del aborto. Como Fran Rodano pienso que tiene razón la Unión de Mujeres Italianas, "el único organismo popular, y por lo tanto serio, realista y auténtico de la emancipación femenina en nuestro país", cuando "presenta la propuesta de una despenalización del aborto, a condición de que se realice en centros sanitarios públicos".
En la campaña por el aborto legal, encuentro odiosa una difundida actitud de gran petulancia, encuentro odioso que se hable del aborto como si fuera una fiesta libre y alegre. Encuentro odiosa, en la campaña por el aborto legal, toda la coreografía que la rodea, el ruido y el campanilleo festivo, entre enérgico y macabro, odiosos los desfiles de mujeres con los muñequitos colgados del vientre, odiosas las palabras "el vientre es mío y hago con él lo que quiero": en realidad también la vida es nuestra, y ninguna de nosotros consigue hacer con ella lo que quiere.
El aborto legal debe ser pedido ante todo por justicia. Debe ser una decidida y severa petición que la gente dirige a ley. Es intolerable que las mujeres pobres corran el peligro de morir o mueran abortando con agujas de hacer punto, y que las mujeres ricas puedan disponer de cómoda clínicas y no corran ningún peligro o muy poco. Esto es intolerable. Sabemos muy bien cómo son hoy la sociedad y la ley, sabemos muy bien lo caóticas que son y lo alejadas que están de toda idea de justicia, pero también sabemos, muchos de nosotros tal vez de manera burda, pasional y confusa, cómo deberían ser. La ley debería ser de pura justicia, no debería ni rígida ni blanda, sino sólo justa, e interferir en los asuntos de los individuos sólo cuando éstos se encuentren en condiciones de peligro, de desgracia, de culpa o de enfermedad.
Cuando se quiere y se pide algo, es necesario llamarlo por su verdadero nombre. Me parece hipócrita afirmar que abortar no es matar. Abortar es matar. El derecho de abortar debe ser el único derecho a matar que la gente debe pedir a la ley. En el caso del aborto se trata de un homicidio muy particular y absolutamente diferente a cualquier otra clase de homicidio; no puede ser comparado con nada, porque no se parece a nada; no conlleva ningún otro derecho, no presupone ninguna otra clase de libertades genéticas.
Al no estar legalizado el aborto en nuestro país, las mujeres mueren por agujas de hacer punto; y entre la muerte de una persona que tiene ojos, facciones y voz, y la muerte de una forma sin voz ni ojos, es imposible no preferir lo segundo. Abortar no significa eliminar a una persona, sino el proyecto remoto y pálido de una persona; está claro que es un mal menor que mueran estos proyectos remotos y pálidos y no la madre que los lleva dentro de sí; y también un mal menor que mueran estos proyectos remotos y pálidos en lugar de convertirse en niños abocados a un destino de hambre. Aunque también es verdad que todo destino puede ser un destino de dolor, y si nos ponemos a pensar lo que puede deparar el destino, nos preguntamos si no sería sensato y justo no dar nunca la vida y elegir siempre la nada. La idea del aborto conduce, pues, a preguntarse cuál es el significado de la vida y conduce a una multitud de interrogantes tan desesperados que el planteárselo es caer en la oscuridad. Por eso, en la idea del aborto se concentra hoy toda nuestra atención, porque en esta idea se esconden los rasgos de nuestra idea de la vida, y estos nos parecen huidizos, nos parece que se ha hecho pedazos nuestra armonía con el futuro, y nos parece que ya no podemos ofrecer el futuro a nadie. Pero amar la vida y creer en ella significa también amar su dolor; significa amar la época en la que hemos nacido y sus abismos de terror: y significar amar, del destino, su oscuridad y su tremendo carácter imprevisible. Sin embargo, también es cierto que sobre un pensamiento semejante no se puede tal vez construir nada; pues a decir verdad no es un pensamiento constructivo, sino una especie de fuego que cada uno enciende en soledad y por su cuenta.
Puesto que abortar es en realidad matar, no ya a una persona, sino la posibilidad de una persona, se trata, para la madre, de una elección espantosa. En realidad casi todo parece mejor que encontrarse ante semejante elección: el control de los nacimientos, tal vez incluso la castidad. Se ha sugerido también la homosexualidad, es una idea paradójica, y que no puede valer para todos; pero en esta idea no repugna tanto la paradoja como el hecho de que parezca una solución fácil; y cuando está en juego la vida y la muerte las soluciones fáciles parecen ser tristemente banales. La castidad o el control de los nacimientos significan en cambio un sacrificio. Y cuando está en juego la vida y la muerte es necesario pagar el precio de un sacrificio.
Abortar es matar, pero se trata de un homicidio que no puede compararse con ningún otro; es separarse para siempre de una individual, concreta y real posibilidad viviente. Al ser esta una elección diferente de cualquier otra, ni pueden entrar en ella nuestras habituales consideraciones de orden moral, que aquí se muestran inservibles. Sabemos muy bien que matar está mal; pero aquí, en presencia de una posibilidad vida pero inmersa en la oscuridad, también la idea del bien y del mal está inmersa en la oscuridad. En semejante elección, la luz de la razón, la luz de la lógica, la luz habitual de las consideraciones morales no pueden entrar, no serían de ninguna ayuda, porque no hay respuestas o aclaraciones lógicas cuando todo está inmerso en la oscuridad, es una elección en la que el individuo y el destino están el uno frente al otro, en la oscuridad.
Tal elección no puede ser, pues, más que individual, privada y oscura. De todas las elecciones humanas, es la más privada, la más anárquica y la más solitaria. Es una elección que pertenece por derecho a la madre, y sólo a ella; y ello no porque en todas las circunstancias de la vida existe un libre derecho de elección ni porque "la barriga es mía y hago con ella lo que quiero", pienso que en tal elección las personas sienten como nunca que nada les pertenece, y mucho menos su propio cuerpo. Les pertenece sólo una horrible facultad de elegir, para una forma sin voz ni ojos, la vida o la nada. Es una facultad pesada como el plomo, una libertad que arrastra consigo hierros y cadenas, porque quien elige debe elegir por dos y el otro está mudo. Se trata de lacerarse en una parte de uno mismo, matar una parte de uno mismo, arrancar de los propios miembros para siempre una preciosa posibilidad vive e ignota; es una elección rauda y oscura como es mudo el acuerdo subterráneo que existe con esa forma escondida; y la relación entre la madre y esa forma viviente, ignota y escondida, es verdaderamente la relación más cerrada, más encadenada y más negra que existe en el mundo, es la menos libre de todas las relaciones y no compete a nadie.
Semejante lección no compete a nadie y mucho menos a la ley. Está claro que la ley no tiene ningún derecho a prohibirla ni a castigarla. Compete a la ley; o debería competer a la ley, sólo en el momento en el que deja de ser una elección secreta y se convierte en una abierta y clara determinación de abortar. Entonces comienza un estado de peligro; y la ley debería estar ahí no para castigar ni para prohibir, sino para acudir en ayuda. La ley está obligada, a actuar de forma que las personas no destruyan a los demás o a sí mismos. Pero se trata de personas, y no ya de posibilidades; porque en la zona de las posibilidades, escondidas en el regazo de las madres, ni la ley, ni el código, ni la sociedad ni los gobiernos deberían tener el más mínimo poder de interferir.